Mi mujer tuvo una operación, mi suegra vino ayudar con la recuperación y termino satisfaciendo mis necesidades ahora que mi mujer no podía


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Nota del Autor:

Este es otro relato que he tenido guardado desde hace mucho y he decidido desempolvar para publicar en todorelatos.

Por mi perfil ya han visto que he publicado una serie en la sección “amor filial” y un relato en “sexo con maduras” que los invito a leer si les gusta este. La elección de la sección de este relato no ha sido fácil. Pero me he inclinado por sexo oral porque involucra únicamente una felación.

Ahora, después de mucho tiempo le veo a la trama y al relato gran cantidad de defectos, pero creo que debo mantenerlo fiel a su origen.

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Mi esposa debía realizarse una operación de útero. No era una operación de riesgo, pero, como toda cirugía, iba a requerir reposo postoperatorio.

–4 a 6 semanas sin “hacer nada de nada” –dijo el doctor para referirse a la veda de nuestra actividad sexual. Pero nos aclaró que en siete días mi esposa ya podría caminar sin problemas y valerse por sí misma. Dentro de todo, era una recuperación rápida.

Ni bien supo de la cirugía, mi suegra se empeñó en venir a “ayudar”, aunque yo consideraba que eso no era necesario. Pero la insistencia de las dos mujeres (mi esposa y su madre) fue tal que acepté de no tan buena gana. Desde el primer día que llegó (días antes de la operación) mi suegra se dedicó a cargarnos con lo de la abstinencia, especialmente a mí:

–Aproveche a hacer sus cositas ahora, José, que después se le vienen interminables días de abstinencia – decía mi suegra mientras me miraba con cara de pícara.

Mi esposa le seguía la corriente y hacia chistes:

–En algo vamos a tener que pensar mami, porque José es muy fogoso y me temo que no vaya a aguantar tanto tiempo.

–¡Jajaja! ¡Bueno! ¡A ver que se nos ocurre, hija! –retrucaba la señora Gloria mientras me miraba desafiante.

Así pasaban los días las dos “mujeres de la casa”, coqueteándome y burlándose de mí pícaramente. Como se anticipó, luego de la intervención, la recuperación de mi esposa fue rápida. A los tres días ya podía caminar, despacio claro, y hacer muchas cosas por sí sola. Y al cumplirse la semana ya prácticamente no sentía dolor. Fue entonces que mi suegra volvió a la carga con sus comentarios picantes, pero esta vez mas descarados.

La señora Gloria me arrinconó en la cocina mientras mi esposa descansaba en el cuarto de la planta superior.

–¿Y José? ¿Usted cómo lo lleva? –preguntó mi suegra.

–Muy bien, Sra. Gloria. Prácticamente ya no necesito ayudar a Anita (mi esposa), ella ya se vale por si misma totalmente –respondí formalmente.

–¡jajaja no, tonto! Me refiero a la abstinencia. Ya llevas una semana sin sexo, y se debe empezar a sentir, no? –aventuró la vieja atorranta sonriéndome.

–Eeeehhh… bueno, es una circunstancia especial, CASI no pienso en eso –balbuceé desconcertado.

–¡NOOO!!!! Jajajaja ¡No sé qué me causa más gracia: el “casi” o la mentira! ¡Jajaja! Estoy SEGURA de que un hombre como usted no debe poder parar de pensar en ESO –se burló la vieja taimada.

–jajaja, bueno, un poco pienso, pero si no se puede, no se puede, Sra Gloria –intenté zafar.

– No se resigne José. No tiene por qué renunciar a la satisfacción sexual –me aconsejó la vieja pícara.

Y mientras me decía esto se me acercaba con cara de gata. No era linda. A sus 69 de edad estaba muy arrugada, con el pelo demasiado corto y ya ralo. Sus mechas mal teñidas, con raíces canosas y puntas castaño-colorados que no se correspondían, le daban un aspecto de mujer que ya no se cuida tanto. Siempre había sido petizona por naturaleza y ahora, por la encorvada espalda, lo era más: Si de joven no pasaba el metro sesenta y dos, ahora se veía más baja aún. Su cola y sus tetas estaban visiblemente abultadas y caídas a la vez. Movía las caderas ensanchadas de una manera que intentaba ser provocadora, pero resultaba más bien torpe y poco sexy, y hacía unos gestos faciales que en una mujer hermosa hubieran sido de flirteo, pero que en ella se veían un tanto grotescos.

No sé si era la abstinencia, el morbo de que fuera mi suegra, o el morbazo que fuera una anciana calentorra la que hacía eso, pero me empecé a calentar. Yo estaba mudo y la miraba con la boca semi-abiertas de asombro y descredito mientras ella se me acercaba. Mis ojos, fuera del control de mi razón bailaban de su cara a sus tetas y caderas. Y ella lo podía notar.

Se me pegó al cuerpo y me habló mirándome a los labios, mientras con una mano me frotaba la entrepierna por encima del pantalón

–¿Y qué tenemos acá? ¿Un macho caliente? ¡Mmmm!!! ¡Que rico se siente este instrumento y eso que tenemos el Jean de por medio! –me avanzó impunemente mi suegra.

Yo, como un autómata, separé las piernas, y ella comenzó a frotarme la verga y los huevos por encima del pantalón, usando sus dos manos. No paraba de hablar muy desde abajo, por mi estatura, mirándome a los labios.

–Mmm…. ¿Y estos huevos? ¿Llenos de lechita de una semana sin venirse? –ronroneó mi suegra.

Yo cerraba los ojos y rebufaba. Estaba recostado sobre la isla de la cocina, con los codos apoyados sobre la tabla mientras ella seguía manoseándome el paquete y lamiendo mis labios con su lengua. Cuando hizo eso, sin levantar los codos estiré mis antebrazos y mis manos atinaron a tomarla de las caderas y atraerla hacia mí.

En ese instante, cuando apenas rozaba las asas ensanchadas de sus huesos caderosos y ababa de meterle mi lengua en la boca hasta su garganta, mi suegra dice algo que me vuelve a la realidad.

–¡Hay que contarle a Anita! ¡Que sepa cómo está de desesperado su hombre!!! –indicó indiferente a mis besos. Y sin darme tiempo a decir nada salió corriendo a la planta alta de la casa donde mi esposa descansaba en la habitación matrimonial. La vieja conchuda subía las escaleras a los gritos.

–¡HIJA! ¡HIJA!!!! ¡NO SABES COMO ESTA TU ESPOSO!!!!

Me entró un pánico de novela. Estaba mudo del terror. La vieja podrida me había tendido una trampa. De repente escucho a mi esposa:

–¡Mi amooor! ¡Vení para la habitacioooon, porfaaaa! ¡Necesitamos hablar! –sus palabras lejanas retumbaron en la casa vacía.

Subí como un zombi. Derrotado y arrastrando los pies. Resignado a protagonizar un escándalo de novela. Mil pensamientos se me cruzaban en la cabeza. Entré a la habitación como si fuera un robot. Ojos abiertos, boca cerrada, dando pasos como un autómata. ESO era el fin de la paz de mi hogar, seguramente.

Pero lo que ví al ingresar en la habitación, me sorprendió más. Me encontré a mi esposa sonriente en un lado la cama y a mi suegra tirada del otro lado totalmente insinuante. Se había quitado el sweater y mostraba un corpiño de encaje negro con los brazos cruzados por detrás de su cabeza ¿Que era eso????

–Vení, amor, vení a la cama, acá, en medio, te hacemos un lugar –me ordenó mi esposa.

Sorprendido y asustado hice caso. Con mucho cuidado me recosté en medio de las dos. Con cuidado, porque si hacia un movimiento brusco que aplastara el colchón, podría inducir dolor en mi esposa que se estaba recuperando de una cirugía.

Me tumbé dándole la espalda a mi suegra y mirando a mi esposa que estaba sonriente.

–Me dice mami que estas muy caliente por la abstinencia, amor… ¿Que vamos a hacer para aliviar eso? –preguntó mi esposa como si fuera lo más natural del mundo.

Yo enmudecido totalmente, abrí la boca, pero no surgieron palabras.

Encima mientras mi esposa hablaba mi suegra, a mis espaldas, comenzó con los frotamientos otra vez. Yo miraba a mi esposa y daba la espalda a la vieja que se pegó a mí, con su pera en mi hombro y rodeándome con su brazo dibujaba garabatos con sus largas uñas sobre el bulto de mi pantalón. Las tetas fofas de la vieja se apretaban a mi espalda y su boca me mordisqueaba el lóbulo de la oreja. Yo lo sentía, escuchaba y veía todo y no podía hacer ni decir nada.

Mi esposa me miraba y reía.

-Amor, ¿que vamos a hace con eso? –insistió apuntando con su dedo al bulto de mi entrepierna, que su madre hacia crecer segundo a segundo

–¡Yo no te puedo ayudar con eso, mi amor! ¿Querés que te ayude mi mamita? –preguntó mi esposa sonriendo.

Yo seguía paralizado. No sabía cómo reaccionar. ¿Era una trampa? Nunca hubiera imaginado que esto ocurriría.

–Mirá hija, mirá como se le pone el bulto! ¡Seguro no te responde porque tiene toda la sangre del cerebro acumulada acá abajo! Jajaja! –bromeaba mi suegra mientras no paraba de besar mi cuello y aceleraba el pajote por encima de mis ropas. Las dos reían a coro y mi esposa volvió a la carga:

–Yo no puedo hacer absolutamente nada amor, pero mi mami te va a satisfacer. ¿Si? –inquirió por enésima vez mi amada esposa.

¿­Quiere que su suegra le vacíe los huevos, José? –terció la vieja hablándome sensualmente al oído. Tan cerca, que sus labios y lengua rozaban impunemente mi oreja.

Por primera vez reaccioné y le contesté a mi esposa, sin siquiera voltear la mirada o prestar atención a mi suegra, que seguía con su rutina estimulatoria.

–Sí, amor, por favor. Lo necesito… –respondí dubitativo.

–¡uuhuu! ¡Mami! ¡Dice que lo necesita! –le gritó mi esposa a su madre– ¿Que necesitás amor? Pedilo si lo querés –me instruyó ahora mi mujer con malicia y con un morbo que jamás había observado en ella.

–Necesito venirme –imploré.

–ohhh lo siento mi vida, yo no puedo ayudarte con eso. Pedí algo que sí es posible. Animate, dale – me incitó mi esposa que ya jugaba impunemente con mi desesperación.

–Necesito que…. –yo balbuceaba y mi esposa asentía en silencio mirándome a los ojos y dándome ánimo a seguir–. Necesito que tu mami me haga venir, amor. Lo necesito, por favor –imploré.

–¿SI? ¿Y cómo mi amor? ¿Cómo querés venirte? ¿Con una pajita rica de mi mami? –Sugirió mi esposa.

–A lo mejor prefiere que se lo haga con la boca. ¿No? –propuso mi suegra.

En este punto ya dialogaban entre ellas mientras la vieja seguía frotando mi entrepierna y mordiéndome el lóbulo de la oreja y a la vez me iba desabrochando los pantalones.

–Si, por favor… Con la boca… Necesito que tu mami me haga venir con su boca. –intenté intervenir para no sentirme totalmente ignorado.

–¿Querés que te lo haga hasta el final con la boquita? Mi mami dice que ella traga lechita, ¿Sabés? No le da asco, como a mí –se burlaba mi esposa juguetonamente.

Mi esposa no me hacía acabar con la boca, es cierto ¿Pero ahora ofrecía a su madre de voluntaria tragaleches? Esto era tan inaudito para mí como lo debe ser para el lector.

–¡Si, Please! ¡Si! ¡Hasta el final con la boca! –Contesté bufando y con cara de desesperado

–¡uhhh me parece que tenemos un vicioso! –aseguró la vieja que ya me había desnudado de la cintura hacia abajo mientras yo hablaba con mi esposa. En ese punto, mi esposa comenzó a dar indicaciones. Primero me hizo acostar boca arriba y poner a la madre desnuda (¿cuándo se había quitado la ropa? Nunca supe). Me hizo quitarme la camisa y comenzo a

–Pasale bien la lengua Mami… Le encanta que lo recorran con la lengua –mi esposa instruyó a su madre.

La vieja, ahora ubicada de rodillas en la cama entre mis piernas abiertas, ya lamía mi falo con fruición, sin parar de pajearme con un sube y baja constante de su mano en la base de mi verga exagerando los ruidos de las chupadas de su boca especialmente cuando sorbía la abundante baba que vertía sobre mi verga. Era una mamada espectacular: suave al tacto, extremadamente morbosa auditiva y visualmente, pero también porque era mi anciana suegra la que la hacía volcando toda la confianza y la potencia que solo una experta sabe poner al practicar una felación.

–¡Dale mami, eso! Dale que se va a venir rápido. Hace una semana que no acaba, pobrecito –alentó innecesariamente mi esposa.

La vieja, como siguiendo instrucciones, después de mirar de reojo a la hija y asentir sonriendo, comenzó aumentar el ritmo. Yo acostado de espaldas boca arriba ahora solo miraba a mi suegra y bufaba. Mi verga parecía que iba a estallar.

–¿viste que rico lo hace mi Mami, amor? Disfrutalo y venite en su boca cuando gustes, no hace falta que avises, ¿sabes? – mi esposa me hablaba dulcemente al oído, impostando la voz de una nenita inocente y juguetona

Mi suegra no hablaba, solo chupaba. Su lengua era experta y sus manos acompasaban una paja con la magistral mamada. En el frenético sube y baja bucal, la señora Gloria hacía que el glande roce la cara interna de sus mejillas que se abultaban como si tuviera dentro de ellas un caramelo enorme. Luego se metía el falo hasta hacer arcadas y se lo sacaba de la boca, lo escupía y volvía a engullirlo ruidosamente, sorbiendo sus propias babas y repitiendo la operación una y otra vez. Ella estaba arrodillada entre mis piernas y yo le empujaba la cabeza marcándole el ritmo. Mi esposa hablaba y daba instrucciones a su madre, pero para mí era una voz lejana, mi cerebro solo prestaba atención a la mamada.

Comencé a bufar y a gritar

-¡SIIII!! Siiii!!!! ¡Essssooooo!!!

Mis manos marcaban el ritmo sobre la cabeza de mi suegra, aferrándome a sus cortos y ralos pelos la tironeaba hacia abajo y hacia arriba. La vieja no paraba de mamar y pajear. Mi esposa reía y alentaba a su madre.

¡Se te viene en la boca mamita! ¡No pares ahora, dale! ¡Dale más ritmo!

Mi suegra acató la orden de su hija y apuró el ritmo. Alcanzó a balbucear atragantada de verga

–quiedgo edza letche! Ahoga! Ahoggg…

–AAAAHHHH! –Grité al venirme.

El primer chorro fue intenso, lo sentí surgir de mis huevos y subir por todo el conducto de la verga y abrirse paso por el glande. Al largar ese primer lechazo me tensé como una cuerda, y al aflojarme vino el segundo chorro, y el tercero y el cuarto. Con cada espasmo de mis músculos mi verga expulsaba un chorro de semen espeso y caliente en la boca de mi suegra. Mi esposa alentaba sin parar, pero si les digo lo que gritaba les miento, yo ya no era consiente de nada.

¿Fueron 5 chorros de leche o 6? Ni idea. Ya nadie los contaba. Pero fueron espectaculares.

Cuando dejé de eyacular mi suegra se distanció de la verga, tragó la leche que aún tenía en la boca y recogió con el dedo índice los hilos de semen que caían por la comisura de su boca y se los chupó haciendo un ruido de succión ¡PLOP!

Las risas cómplices de madre e hija eran increíbles

–¡Ufff! ¡Cuanta leche! ¡Nunca un macho me ha dado semejante cantidad!!! –expresó la señora Gloria.

–¿Viste mami? ¿Viste que no exageraba? – afirmaba, más que preguntaba, mi esposa.

¿Que le había contado mi esposa?

–¡jajaja! ¡No! ¡Mas bien te quedaste corta! ¡Que delicia! ¡Que placer comerse todos esos mocos, hija! –reía mi suegra.

–¡jajaja qué bueno que te gustó tanto como a “nosotros” mami! –respondía mi esposa que hablaba por ella y por mí.

–¡Bueno, yerno, si le gustó, y considerando que quedan mas semanas de abstinencia, yo puedo hacerme cargo de esta parte de la recuperación! ¿Que le parece? –sugirió la vieja.

Yo seguía sin poder reaccionar y ellas seguían riendo.

Ese fue el primer favor sexual que me dió mi calenturienta suegra, y fue consentido por mi propia esposa.


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