Mi regalo por descubrir a mi madre y su novia jugando


Dos madres, dos problemas.

Me llamo Enrique y soy hijo único. Mi madre me crio sola. Ella se llama Marta y es una hermosa mujer. No, no penséis que tiene un cuerpo de modelo. Su cuerpo es proporcionado aunque no es muy alta, su pelo castaño y rizado, sus verdes ojos y esa sonrisa la hacen una mujer muy sensual, deseada por muchos hombres y, en secreto, por su hijo.

Como os digo, hemos estado solos hasta que yo cumplí los dieciséis años. Entonces vino a vivir con nosotros Luisa, amiga de mi madre desde el instituto, con la que nunca perdió el contacto y que después de su divorcio decidió vivir en nuestra casa. Luisa sí tiene un cuerpo espectacular. Es dos años mayor que mi madre, pero esas caderas, ese culo grande y redondo, esas abundantes tetas… No es muy guapa, pero su pelo moreno y rizado con ese cuerpo, la hacen desearla.

Y eso me pasaba a mí. A los dieciocho años, pasé un calvario de masturbaciones viendo a aquellas dos hembras por casa, medio desnuda algunas veces, provocando que mis hormonas no pararan de activar mi cerebro con perversiones sexuales con ellas.

Y llegó el día en que comienza la historia que os quiero contar. Era sábado por la noche, había quedado con los amigos para ir a discotecas e intentar tener alguna relación sexual con alguna chica, cosa que aún no había conseguido. Quedé en encontrarme con ellos a las diez de la noche, pero me tumbé en el sofá del salón y allí, sin darme cuenta, quedé dormido. De repente las voces de mi madre y Luisa me despertaron.

– ¡Joder Marta! – escuché a Luisa que parecía nerviosa – ¡Mira a ver si está en su cuarto!

– Tranquila, la llave estaba echada… – contestó mi madre – ¡Seguro que se ha ido! – cuando me quedaba solo siempre echaba la llave y la quitaba antes de que llegara mi madre para que no supiera que me daba miedo estar solo en casa.

– ¡Pues ven aquí! – le dijo Luisa mientras las veía pasar por la puerta del salón tirándose de las ropas como si se quisieran denudar.

Me levanté sin hacer ruido y caminé para ver qué hacían. Las dos se habían quitado la parte de arriba de sus ropas y abrazadas en el pasillo se besaban apasionadamente. ¡Eran lesbianas! Aquello hizo que mi polla creciera dentro de mi pantalón.

– ¡Sígueme! – Luisa agarró a mi madre de la mano y la llevó a la salita.

Caminé por el pasillo y me agaché junto a la puerta para mirar furtivamente en la habitación. Mi madre estaba sentada en el sofá, con su culo en el filo mientras su amante se arrodilló delante, abrió sus piernas y levantó su falda. ¡Joder, aquello se merecía una buena paja! Me toqué la polla por encima del pantalón y no perdía detalle de lo que las dos hacían.

– ¡Qué coño más bonito! – dijo Luisa apartando las bragas de mi madre a un lado y acariciándolo – ¡¿Quieres que te lo coma?!

Mi corazón se aceleró al escuchar lo que iba a hacerle y casi me corro cuando se inclinó y metió su cabeza entre las piernas de mi madre. Ella, mi madre, cerró los ojos y empezó a ronronear y gimotear suavemente mientras sus caderas se agitaban y una mano empujaba la cabeza de su amante contra su coño.

– ¡Grita cariño! – le dijo Luisa volviendo a hundir su boca en el coño – ¡Estamos solas, muéstrame cómo te gusta lo que te hago!

Con aquellas palabras, mi madre fue liberada y su boca lanzaba gemidos que llenaban toda la casa. Los gritos de placer y las convulsiones de las caderas de mi madre me indicaron que había tenido su deseado orgasmo. Luisa se separó y con una placentera sonrisa, le mostró lo mojada que tenía su boca por los flujos del coño de mi madre.

– ¡Joder Marta, te has vaciado! – Luisa se relamía para saborear a su amiga.

– ¡Ahora me toca saborearte! – dijo mi madre y le ofreció el lugar a su amante.

Luisa no la dejó levantarse y la empujó para que quedara sentada. Metió sus manos bajo su falda y se quitó las bragas, se subió sobre el sofá y colocó a su amiga bajo la falda. ¡Joder! Pensé. Deseaba ver el hermoso culo de Luisa y ella prefirió meter a mi madre bajo su falda.

– ¡Joder Marta, qué bien me comes el coño! – sus caderas se agitaban frotando su coño contra la boca de mi madre – ¡Ningún hombre me ha comido así el coño! – no tardó mucho en lanzar fuertes gemidos.

Aquella escena estaba a punto de hacerme correr, mi mano se agitaba sobre el pantalón y mi polla e iba a estallar. Y estalló. Estaba de rodillas y con el placer perdí todas las fuerzas y caí hacia delante mientras brotaba mi semen dentro del pantalón. Di con la frente en el suelo, aquel golpe sonó en toda la casa e hizo que las dos se sobresaltaran.

– ¡¿Qué ha sido eso?! – dijo mi madre saliendo de debajo de las faldas de su amiga, con la boca totalmente empapada – ¡Dios, no, hijo! – se tapó la cara avergonzada.

Luisa apenas tenía fuerzas para reaccionar, su coño aún se convulsionaba por el placer que había tenido y se derrumbó junto a mi madre en el sofá. Yo no sabía que hacer, tirado en el suelo, con la frente roja por el golpe, sintiendo aún placer y vergüenza… Intenté ponerme en pie y cuando lo conseguí, mi madre abrió la boca y clavó sus ojos en mi pantalón.

– ¡Te has corrido! – dijo al ver la mancha húmeda que se extendía por mi pantalón.

– ¡Qué quieres hija! – dijo entre risas Luisa que mostraba la voz entrecortada por el placer – ¡El espectáculo no era para menos!

– ¡Anda! – me ordenó mi madre – Dúchate y ahora hablamos…

He de confesar que mientras me duché, me tuve que hacer otra paja. Ver a mi madre y a Luisa dándose placer con las bocas me puso las hormonas en circulación, y eso no había manera de pararlo. Era pervertido que me excitara con ellas, mi madre era mi madre y Luisa era casi como una tía para mí, la conocía desde niño… pero la deseaba desde que mi cuerpo deseaba tener sexo con mujeres. Volví a la salita y me senté en el sofá, en el mismo que un momento antes había servido de apoyo a las dos mujeres que se daban placer, las imágenes de ellas volvieron a llenar mi mente y entonces entraron las dos con sus pijamas de pantalón corto y camiseta ajustada. Ya no las veía igual, ahora eran dos excitantes mujeres que hacían crecer mi polla con su sola presencia.

– Hijo. – dijo mi madre sentándose junto a mí – Perdona por lo que ha ocurrido esta noche…

– ¡No te preocupes, mamá! – le contesté.

– Enrique, tu madre y yo llevamos juntas desde que me vine a vivir aquí con ustedes. – Luisa se sentó a mi otro lado – Lo llevábamos en secreto pues no sabíamos cómo te sentiría… – señaló a mis genitales – Pero por lo que vimos, no te sentó mal.

– ¡Pervertida! – le dijo mi madre y Luisa hizo una mueca indicando que había sido evidente – Es joven y se ha confundido cuando ha visto… ¡Eso!

– No mamá, me ha excitado. – respondí inocentemente.

– ¡¿Ves?! – dijo Luisa.

– Pero hijo… – mi madre si mostraba confusión – Soy tu madre y Luisa es como tu tía…

– Sí… – estaba tan nervioso y excitado que no pensaba lo qué decía – Pero sois dos mujeres muy preciosas.

Mientras la cara de mi madre mostraba lo atónita que se había quedado con mis palabras, una sensual y divertida sonrisa se dibujaba en la boca de Luisa. Un incómodo silencio pareció eterno.

– ¡Bueno hijo! – habló por fin mi madre – Acostémonos y mañana espero que tengamos más claras las ideas…

La noche fue muy rara. Al principio no podía dormir por la enorme excitación que me producía el hecho de que mi madre y su amiga fueran amantes. En alguna ocasión me invadió las ganas de levantarme y espiarlas por si volvían a tener sexo. El sueño me venció y una extraña pesadilla me tuvo toda la noche inquieto. Aunque al principio me excitaba viendo a mi madre y su amiga tener sexo, después me unía a ellas. El brote de cólera que mostraba mi madre cuando intentaba tener sexo con ella, me hizo despertarme sobresaltado. Miré el reloj, eran las ocho de la mañana de aquel domingo.

Me levanté y fui al baño. Después caminé hasta la habitación de mi madre para verla. Allí estaban las dos, abrazadas, sin duda habrían tenido sexo. ¡Tenía qué haberme levantado! Pensé y por unos minutos las contemplé. Las dos eran bonitas, más mi madre que Luisa. Estaban destapadas y podía ver el redondo culo de Luisa que tenía una pierna sobre el cuerpo de mi madre. Se movió como si supiera que yo estaba allí y me miró. La hermosa sonrisa que me lanzó hizo desaparecer el nerviosismo que me provocaba observarlas en silencio. Con su mano golpeó en el colchón que quedaba libre tras ella. Me acerqué un poco dubitativo y me eché. Ella se movió y me ofreció su brazo para que apoyara mi cabeza. Me giré hacia ella y puse mi cabeza en su brazo, mirando su sonrisa sentí el calor de su cuerpo. Ella me besó en la frente y me acurruqué junto a ella. Quedé dormido.

Cuando desperté, estaba solo en la cama. Las dos se habían levantado y me habían dejado durmiendo. Me levanté y caminé por la casa para buscarlas. Las encontré en la cocina. Tomaban café y la cara de mi madre mostraba preocupación, Luisa estaba risueña. Me senté y no sabía bien qué hacer.

– ¿Estás bien? – me preguntó mi madre.

– Sí, sí… – contesté.

– ¿Te molesta qué tu madre y yo seamos amantes? – me preguntó Luisa.

– No, claro… – quedé pensativo – Pero me siento un pervertido…

– ¿Por qué? – Luisa me agarró la mano para tranquilizarme esperando mi respuesta.

– Es que veros… me excita… No lo puedo remediar. – Luisa levantó mi mano y la besó.

– ¡Tranquilo, es normal! – dijo con una gran sonrisa.

– Procuraremos que no nos veas nunca más… – aseveró mi madre.

– No, no… – dije rápidamente descubriéndome en mi placer por verlas – Mamá, Luisa, he de confesaros una cosa que tal vez os haga odiarme.

– ¡Tranquilo Enrique! – me dijo Luisa – ¡Siempre he sabido qué te excita vernos! Por lo menos a mí ¿no? – sentí ruborizarme por ser tan evidente.

– ¡¿Cómo?! – dijo mi madre.

– ¡Vamos Marta! – dijo riendo Luisa – ¡Seguro qué nuestro chiquitín se ha masturbado más de una vez pensando en nosotras! – mi madre me miró y mi expresión confirmaba las palabras de su amiga.

– ¡Eres un pervertido! – mi madre no podía creer lo que escuchaba – ¡¿Con tu propia madre?! – hundí la vista en la mesa y confirmaba la respuesta que mi madre temía.

– ¡Vamos Marta! – Luisa interpelaba por mí – Nuestro hombrecito es muy hombre y le gustan sus maduras acompañantes de casa…

– ¡Vaya cómo sois los dos! – dijo mi madre y se marchó de la habitación.

– ¡Tranquilo Enrique, yo me encargo de tu madre! – Luisa me dio un beso en la frente y se marchó tras su amante.

Quedé confundido en la cocina. No sabía si había hecho bien en confesarles a las dos mis extraños gustos por ellas. Por Luisa podía ser comprensible, a fin de cuentas era una mujer con un cuerpo bonito y sensual que levantaba las pasiones de todos los hombre. Pero por mi propia madre, aquello era más propio de un pervertido que de un hijo. Pero mi polla permanecía semi erecta desde que las vi teniendo sexo oral la noche anterior. Me marché a mi habitación y me crucé con ellas por el pasillo.

– Vamos a salir, no sé cuando volveremos… – dijo mi madre mientras Luisa la seguía por el pasillo intentando seguir su paso.

Cogí mi teléfono y respondí a los mensajes que mis amigos me habían mandado la noche anterior al no aparecer. Tenía algunas llamadas perdidas y tuve que hablar con algunos para decirles que estaba bien, que la noche anterior me había dado calentura y quedé dormido temprano y no me había despertado hasta esta mañana. Una vez solucionado el problema con los amigos, me eché en la cama para intentar ordenar mis pensamientos.

Pasé todo el día solo. Eran las nueve y media de la noche cuando las dos volvieron. Luisa venía risueña, casi siempre estaba así, mientras mi madre mostraba una cara de enfado y se marchó a la habitación.

– ¡Hola hijo! – dijo Luisa sentándose junto a mí en el sofá.

– Hola… – la miré sin saber qué pasaba – ¿Mamá está bien?

– Bueno, la situación le afecta. – me agarró la mano para hablarme – No se esperaba que te sintieras atraído y excitado con ella y no sabe bien qué pensar de esta situación.

– Es lógico… – me sentí apenado – No tenía que haberos dicho nada de esto…

– ¡No hijo, no! – me acarició la cara – Es algo normal en los jóvenes, aunque pocas veces lo confesáis. Mejor que lo hayas dicho, pero tu madre aún no lo ha asimilado.

– Bueno, – dije levantándome – me iré a dormir y a ver si mañana que cada uno estaremos en nuestras cosas, todo se tranquiliza.

– Enrique. – me agarró de la mano y me paró – Hemos hablado y creemos que será mejor que hablemos los tres después de cenar algo.

La cena fue rara. Las miraba, sobre todo a Luisa, y me sentía excitado. Mi madre parecía ausente, como si no quisiera estar allí. Luisa hablaba con los dos intentando que madre e hijo se comportaran cómo si todo fuera normal, era imposible. Y después de recogerlo todo y disponernos a dormir, Luisa me paró.

– Ven a nuestra habitación y hablamos allí.

Cuando entré en la habitación de mi madre, ella estaba echada en la cama, con aquel pijama que marcaba su cuerpo y la hacía tan excitante. Yo caminaba tras Luisa y podía ver como su redondo culo se agitaba sensualmente con cada paso que daba. No sabía de qué hablaríamos, pero estaba seguro que estar con ellas no dejaría indiferente a mi joven sexo. Luisa se echó junto a mi madre y la besó. Me puse junto a ella y mi madre me miró para intentar saber qué sentía yo al verlas besarse.

– Es raro veros besaros… – dije y la excitación se agitaba en mi cuerpo.

– Para mí también es raro besar a tu madre en presencia de cualquier persona, siempre hemos tenido esta relación en secreto. – me sonreía mientras yo las miraba sentado junto a ellas.

– Luisa me ha convencido de que hagamos esto, aunque no estoy de acuerdo… – dijo mi madre en tono seco.

– Cariño, tal vez así vea normal lo nuestro y no le importe… – dijo Luisa.

– No me importa… – dije abriendo un poco las piernas – Sólo me excita… – podían ver el bulto que formaba mi erección en el pantalón de mi pijama.

– ¡Ves, te dije qué esto no era apropiado! – le gritó mi madre a Luisa.

– Pero cariño. – Luisa acarició a mi madre que se mostraba muy enojada – ¿Y si se masturbara mientras nos mira?

– ¡¡¿Cómo?!! – mi madre se incorporó en la cama enojada como nunca la había visto.

– ¡Tranquila Marta, tranquila! – Luisa le hablaba y la acariciaba mientras mi madre intentaba contenerse – Sabes que te amo, pero mi cuerpo necesita algo más de lo que tú me das…

– ¡Eres una pervertida! – los ojos de mi madre mostraban pavor por lo que su novia le comentaba.

– ¡No cariño! ¡Confiésalo! – Luisa le echó una mirada inquisidora a mi madre – ¡Te gusta tu hijo! – la cara de mi madre se tornó de un rojo que evidenciaba haber sido descubierta – ¡Díselo, dile que sueñas con él!

– ¡Eres… eres…! – mi madre no sabía qué contestar mientras la excitación me invadía por lo que estaba escuchando.

– ¡Sí, te he escuchado más de una noche en sueños, haciendo el amor con tu hijo! – la besó en los labios – ¡Déjate llevar por tu deseo! – mi madre me miró al saberse descubierta en sus deseos más ocultos mientras Luisa empezaba a besarla.

No se habló más. Mientras yo permanecí sentado mirándolas, las dos se besaban y acariciaban. De vez en cuando Luisa me miraba con una sonrisa malévola y sensual, mostrándose a mí. Mi madre me miraba ruborizada por tener sexo con su amante junto a mí, pero la excitación que estaba sintiendo le impedía parar aquello. Mi polla crecía bajo mi ropa y empezaba a dolerme, tuve que liberarla y quedé completamente desnudo ante la vista de mi madre y su amante.

Luisa estaba sobre mi madre, besaba su cuello y bajó hasta sus pechos. Mi madre me miraba mientras era amada y sus ojos mostraban el placer de sentirse acariciada por su amiga mientras veía la polla de su hijo.

– ¡Es enorme! – dijo mi madre sin poder contener la excitación que le producía verme desnudo y erecto.

– ¡Joder, ahora sé porque sueñas con tu hijo! – Luisa alargó la mano y acarició mi endurecida polla – ¡Es extraordinaria! ¡Tócala!

Las dos dejaron de besarse y la mano de mi madre me acarició desde la rodilla hasta agarrar mi polla. El suave masaje que me daba me excitaba tanto que sentía que me iba a correr. Mi madre me masturbaba. Cuando la mano de Luisa agarró mis huevos, no pude evitarlo. Empecé a lanzar gran cantidad de semen que saltaba por los aires cayendo por todos lados de la cama mientras ellas me miraban asombradas por la facilidad con la que me había corrido.

– ¡Ahora estará más tranquilo! – dijo Luisa y comenzó a bajarle los pantalones del pijama a mi madre. Después le quitó las bragas y le abrió las piernas – ¡Démosle un buen espectáculo!

Luisa estaba a cuatro patas, con la cabeza entre las piernas de mi madre. Podía ver su redondo culo en pompa. El gemido de mi madre hizo que la mirara, estaba gozando mientras la lengua de su amiga recorría toda su raja. Me miró con el placer en sus ojos, se agitaba y gemía. Mi polla volvió a ponerse dura y aún tenía parte de mi semen en mi glande. Mi mano agarró mi polla y bajó la piel que cubría mi glande. La lengua de mi madre recorrió sus labios sin dejar de mirar mi polla, sin dejar de gemir mientras su coño era castigado por la lengua de Luisa.

Me levanté de la cama, con mi polla erecta caminé y me coloqué tras Luisa. Podía ver su culo totalmente en pompa. Puse mis dos manos sobre sus cachetes y lo acaricié mientras ella seguía dándole placer a mi madre. Metí mi mano entre sus piernas y podía sentir sus labios vaginales bajo la fina tela de aquel pijama, no llevaba bragas, la tela estaba totalmente mojada. Sacó la cabeza de entre las piernas de mi madre y me miró.

– ¡Ven hijo, cómete el coño de tu madre! – se retiró y se quitó los pantalones.

Me arrodillé entre las piernas de mi madre mientras miraba a su cara. Estaba atemorizada por lo que su hijo le iba a hacer, pero la lujuria que tenía, le impedía parar. Me incliné escuchando las indicaciones de Luisa. No me hacían falta. Nunca lo había hecho, pero era algo que siempre me había excitado y lo había visto en muchas películas. El intenso olor del coño de mi madre me excitó de tal manera que abrí la boca todo lo posible y me acoplé a su mojado coño. Mi lengua se agitó y separó sus labios vaginales mientras mi boca se cerraba y abría suavemente como si masticara sus labios. Los gruñidos que lanzaba la boca de mi madre me mostraban el placer que estaba sintiendo, sus caderas se agitaban y frotaban su coño contra mí.

– ¡Ven cariño! – le dijo Luisa a mi madre, apartándola de mí y colocándola sobre ella con las piernas bien abiertas.

Yo estaba embriagado por el placer de saborear el sexo de mi madre. Cuando las miré, Luisa estaba boca arriba con sus piernas bien abiertas, ofreciendo su coño. Había colocado a mi madre sobre ella, en la misma postura, de forma que podía ver la húmeda raja de mi madre, su redondo ano y un poco más abajo el coño de Luisa, los dos ofrecidos a mi insaciable boca que deseaba saborearlos. Me coloqué entre las piernas de ellas y me incliné. Volví a saborear a mi madre, su coño lanzaba sutiles descargas de flujos con cada pasada de lengua que le daba. Bajé recorriendo con la punta de mi lengua el camino que bajaba hasta el coño de Luisa. Sentí el esfínter de su ano y el grito de placer que sintió al notar mi lengua en aquel lugar. Jugué con él un momento y después bajé para saborear a Luisa.

– ¡Oh sí! – dijo al sentir que mi lengua separaba sus labios vaginales y acariciaba la suave piel de su vagina – ¡Qué bien lo haces!

Su vagina lanzaba flujos. El coño de Luisa sabía diferente al de mi madre, pero los dos eran sabrosos. La saboreé de arriba abajo, y encontré un clítoris excesivamente grande. Mis labios se aferraron a él y lo mamé como si fuera una pequeña polla. Los gritos de placer de Luisa llenaban toda la habitación mientras sus manos amasaban las tetas de mi madre que se metía los dedos en el coño para masturbarse esperando a mi boca. Un gran chorro de flujos chocó contra mi barbilla en el momento en que Luisa sentía un orgasmo y se corría entre gritos, agitando su cuerpo descontroladamente. Me lancé sobre el coño de mi madre y mi lengua la lamió de abajo arriba. Busqué su clítoris y lo mamé con fuerza. No tardó mucho en regalarme su corrida entre gemidos y gritos de placer.

Luisa se quitó a mi madre de encima y dejó un espacio entre ellas. Yo las miraba de rodillas y ella me indicó que me pusiera allí, en medio. Me tumbé boca arriba y mi polla quedó totalmente endurecida a merced de los deseos de aquellas calientes maduras.

Mi madre pegó su cuerpo al mío y podía sentir la calidez de su piel. La mano de Luisa agarró mi polla y la agitó suavemente. Miré a los ojos de mi madre que mostraban el placer que estaba sintiendo, me ofreció un pecho y mi lengua lamió suavemente su endurecido pezón. Sentí como mi polla era engullida completamente por la boca de Luisa y un placentero calambre de placer recorrió todo mi cuerpo. Mis labios envolvieron aquel pezón, mamándolo y arrancando un grito de placer de mi madre. Con mi mano busque el culo de Luisa y lo acaricié, bajando para colarse entre sus piernas y meter un dedo en su mojado coño. Mi madre se acomodó abriendo un poco las piernas y mientras mamaba su teta, mi mano libre pasaba por detrás de ella hasta colarse entre sus entreabiertas piernas y tocar su coño. Los tres gemíamos de placer.

– ¡Quiero probar tu polla! – dijo mi madre y se giró para ponerse a cuatro patas junto a su amiga, esperando su turno para mamar mi polla.

Mientras se alternaban en mamarme, mis manos acariciaban sus húmedos coños. Primero les metía un dedo y poco después dos, arrancándoles gemidos de placer. No pude más. Mis dedos dejaron de acariciar el interior de sus vaginas y mis piernas se tensaron. Las dos sabían lo que llegaba ahora.

– ¡Sí hijo, danos tu semen! – dijo Luisa que agitaba mi polla mientras sus bocas abiertas esperaban junto a mi glande la explosión de mi leche.

No tardó en brotar. Un gran chorro se disparó sobre pasando sus cabezas y mojando sus pelos. Sus lenguas recibieron el resto del semen que siguió brotando con cada espasmo que mi cuerpo daba. Después la boca de Luisa se aferró a mi glande y succionó para dejar mi polla totalmente limpia. Estaba exhausto, me miraban sonrientes y deseando más sexo.

– ¡Vamos hijo, ahora viene lo mejor! – mi madre me pedía que las follara, pero mi polla estaba agotada.

Luisa se colocó a cuatro patas. Con esfuerzo me coloqué de rodilla tras ella, contemplando su redondo y deseado culo. Mi madre se subió sobre ella. Podía ver sus dos hermosos culos, ofrecidos a mi lujuria y mi deseo de darles placer. Mi polla aún estaba algo flácida. Me agaché y separé los cachetes del culo de mi madre, metí mi boca y lamí su ano. Se agitaba con cada caricia que le daba. Bajé y lamí su empapada raja mientras mis manos separaba los cachetes de Luisa. Mi lengua saboreó el ano de nuestra amiga mientras gimoteaba. Mi polla se endurecía poco a poco. Me puse en pie en la cama mientras las dos me miraban girando sus cabezas. Mi mano agitaba mi polla que estaba casi endurecida.

– ¡Dásela a mamá!

– ¡Y a tu tía Luisa!

Las dos deseaban que mi polla las penetrara. No sabía a cual dársela primer, así que me agaché y mojé mi endurecido glande con los flujos de mi madre, pasándola por la raja de su coño, sin penetrarla, acariciando su clítoris para excitarla más. Me agaché más e hice lo mismos en el coño de Luisa.

– ¡Cabrón, fóllanos ya! – gritó Luisa que deseaba sentirse llena con mi polla.

Me levanté de nuevo y puse mi glande en el ano de mi madre, lo acaricié suavemente y empujé un poco.

– ¡No, por ahí no! – me suplicó.

Me agaché de nuevo y pasé mi glande por el coño de Luisa para empaparlo con sus flujos. Subí hasta su culo y empujé un poco.

– ¡A tita Luisa le puedes hacer lo que te apetezca!

Subí y clavé mi glande en la vagina de mi madre, lo retiré y bajé para clavar un poco de mi polla en el coño de Luisa que gimió al sentir dilatarse su coño.

– ¡Oh dios, qué bueno! – gimió Luisa.

Volví al coño de mi madre y clavé media polla en su coño, sacándola y volviéndola a hundir varias veces.

– ¡Joder, qué grande y buena! – gemía mientras la penetraba.

Media polla se perdió en la vagina de Luisa y sus gemidos mostraban que le gustaba. Mientras empujaba media polla en ella, sentía el culo de mi madre en mi barriga, me agarré a sus nalgas y lo contemplaba. Volví al coño de mi madre y de un solo empujón, clavé mi polla por completo en ella y la mantuve por un momento.

– ¡Joder, sí, me siento llena! – gemía y se agitaba mi madre.

Empecé a follarla con fuerza y rápido. No podía parar de clavarle mi polla en su coño mientras ella gemía y se retorcía de placer. No sabía cuanto tiempo llevaba sin que la penetrara una polla de verdad, pero en poco tiempo su cuerpo se tensó y tuvo un gran orgasmo. No dejé de penetrarla hasta que me lo pidió.

– ¡Para, para, me mareo! – me pidió con gemidos entrecortados.

– ¡A mí, folla a tu tía Luisa!

Saqué mi empapada polla y la dirigí al húmedo coño de Luisa. Mi polla entro en tromba en su vagina, arrancándole un gran grito de placer. Estaba enloquecido por el placer de sentir sus cálidos y húmedos coños en mi polla y estaba a punto de correrme. Luisa aguantaba mis penetraciones y aunque gemía de placer, no conseguía que tuviera su orgasmo. Me esforzaba en follarla para que se corriera, intentando no correrme yo. Mis manos se agarraron con fuerza al culo de mi madre y sentí que no podía más, iba a lanzar mi semen.

– ¡Me corro, me corro! – dijo Luisa con gritos y gemidos de placer.

No pude follarla hasta saciarla por completo. Mi semen salía de mis huevos y no quería correrme en su vagina, mi semen tenía que ser para las dos. Saqué mi polla y la agarré con mi mano. Delante de mí tenía sus dos redondos culos, sus labios vaginales estaban dilatados y separados, ofreciéndome la entrada de sus vaginas que se abrían y cerraban por el placer que sentían. Agité mi polla con la mano y apunté mi glande a la vagina de mi madre. Lancé un gran chorro que acertó a darle en la entrada de su mojada vagina. Me agaché y el siguiente chorro iba a Luisa. Cayó en su raja. El resto de semen cayó sobre las sábanas, mientras mi polla se convulsionaba por el placer, mirando como mi blanca leche recorría sus coños, deslizándose hacia abajo, del coño de Luisa cayó al suelo, del de mi madre cayó sobre el ano de Luisa.

Las dos se separaron, extenuadas por el placer. Me coloqué entre ellas y nos abrazamos. Nuestros sexos mojados, agitándose aún por el placer que habíamos sentido. Besé a mi madre y después a Luisa. Los tres quedamos dormidos profundamente en aquella noche de domingo que nunca olvidaré. Que mi madre tuviera una relación lesbiana con nuestra amiga hizo que yo consiguiera hacer el amor por primera vez, con dos mujeres, con dos maduras… ¡Con mi madre!


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