Mi padre tenía que trabajar mucho más mientras que mi madre estaba deseando tener una verga, yo decidí cubrir sus necesidades


Cubriendo las necesidades de una madre.

Hola, me llamo Enrique. Cuando ocurrió esta historia yo tenía veinte años. En casa vivíamos mi padre Enrique, mi madre Marta y yo, mi hermana mayor ya se había independizado y apenas venía por casa, eso sí, llamaba a mi madre todos los días para interesarse por ella y saber cómo iba nuestra vida, ya que desde que se casó se marchó a otra ciudad y nos veíamos en las fiestas más señaladas.

Para mi desgracia, se dieron dos circunstancias que facilitaron los hechos que os narraré. Por un lado, mi padre tenía que hacer más horas de trabajo pues su pequeña empresa no acababa de levantar cabeza después de la crisis económica que hacía unos años casi consigue que desapareciera. Por otro lado, mi madre era una mujer fogosa que necesitaba sexo muy continuo, y que mi padre no podía satisfacer por sus exigencias laborales.

Una noche volvimos de la boda de un primo mío, mi padre había bebido mucho y lo tuvimos que acostar entre mi madre y yo. Después nos sentamos en el salón y ella, qué también había bebido más de la cuenta, empezó a hablarme. No sé si el alcohol o la desesperación, o los dos juntos, ella empezó a hablarme de sus problemas.

–          ¡Dios, qué alivio! – dijo quitándose aquellos zapatos de tacón de aguja – ¡Desde qué ha empezado la boda estaba loca por quitármelos! – aunque ya no estaba tan compuesta como cuando llegamos a la iglesia, estaba preciosa con aquel vestido súper ajustado. Algo despeinada y con el maquillaje algo corrido, pero hermosa como era ella. Bajó la cremallera que tenía en el lateral del vestido y se sintió más libre – ¡Qué gusto!

–          ¡Nunca entenderé por qué se ponéis tan hermosas y tan incómodas para ir a una boda! – le dije.

–          Es algo de mujeres…

A partir de ahí, no paró de hablar, el alcohol le había soltado la lengua y me divertía escuchar a mi madre tan desinhibida. Me habló de su infancia, de algunos novios que tuvo, me contó cómo conoció a mi padre y lo que lo quería y entonces cambió su cara.

–          Hijo, desde que tu padre está todo el día con la empresa, tengo un problema…

–          Dime… – la miraba y noté como se sentía algo avergonzada.

–          Él cada vez que llega a casa está muy cansado. Está todo el día de arriba abajo, con los pedidos, buscando nuevos clientes… Cuando llega tan tarde come se acuesta y hasta el día siguiente.

–          Eso lo sé mamá. – le contesté acercándome un poco a ella en el sofá y acariciando su hombro – cuando acabe los estudios me dedicaré a tiempo completo a echarle una mano a ver si sacamos la empresa adelante.

–          Lo sé cariño. – me acarició la cara – El problema es mío. He hablado con tu padre y ha accedido a que te haga una petición.

–          Dime… – quedé esperando.

–          Mira, hay algo que no te he contado en todo este rato sobre mí. – bajó la mirada un poco avergonzada – soy una mujer muy… fogosa. – los dedos de sus manos jugaban nerviosamente con el anillo de boda – Necesito hacer el amor casi a diario… – quedé extrañado al escucharle decir aquello – y ya sabes que con las condiciones que vuelve tu padre del trabajo, no puedo estar tranquila.

–          ¿Y no has usado medios sustitutivos? – le pregunté.

–          Sí, ya llevo tres meses que me masturbo con un aparato de goma que es una copia del de tu padre…

–          ¿Y funciona?

–          Bueno, al principio me dejaba algo tranquila. Tu padre me ayudaba y con un poco de esfuerzo conseguía que él me amara. Hasta que llegó un momento en que yo tenía que hacerlo sola y eso no me gusta tanto. – mi corazón se aceleró. ¿Iba a pedirme que la masturbara yo? Peor ¿Quería proponerme que la… la follara? – Tu padre está de acuerdo en que te pidamos ayuda…

–          ¡¿Ayuda?! – contesté

–          ¡No te asustes! – contestó rápidamente para parar cualquier mal pensamiento que pudiera tener – No te voy a pedir nada entre nosotros… Eso sería muy raro y… ¡Dios, no!

–          ¿Entonces?

–          Mira, en un principio tu padre me propuso si quería algún trabajador de la empresa, pero eso era peligroso pues podían extorsionarnos de alguna manera. – yo la miraba y el alcohol hacía que me hablara como si que su marido le buscase un amante no fuera nada del otro mundo – Amigos de confianza no tiene tu padre, así que por ahí no hay nada. De familiares, ni hablar, aunque sé que tu tío Paco me follaría a la menor oportunidad. – la miré mostrando incertidumbre, ¿qué quería? – Entonces se le ocurrió a tu padre qué talvez tuvieras algún amigo de mucha confianza que pudiera ayudarme, he visto que muchos me miran con cierto deseo…

–          ¡Me estás pidiendo qué busque un tío que te… te folle! – le dije más desconcertado por la petición que enfadado.

–          ¡No te lo tomes a mal! – me dijo y la vi avergonzarse hasta que su cara se sonrojó – Hemos probado de todo y me siento fatal si no satisfago este deseo tan brutal…

–          ¡Bueno mamá, no te pongas así! – lo suyo más que una necesidad era una enfermedad. Mi padre debía estar agotado si tenía que satisfacer a aquella mujer. La abracé – Intentaré buscarte uno, pero no os prometo nada pues una cosa son las bravuconadas de mis amigos y otra el llevarte a la cama de verdad.

Después de aquella conversación, se abrazó a mí en señal de cariño y después continuó hablando hasta que el sueño empezó a mostrar señales. La cogí en brazos y la llevé a su habitación. La dejé en la cama junto a mi padre, vestida y después me marché a la mía.

No dormí en toda la noche pensando en la proposición de mi madre con consentimiento de mi padre. Tenía que buscarle un joven que le hiciera el amor. Muy desesperada tenía que estar mi madre y mi padre para que la una quisiera follar con un extraño, y el otro propusiera que fuera uno de los amigos de su hijo el que se la follara. Pero bueno, hay cosas muy raras en las parejas, lo peor es que yo tenía que buscar la forma de llevarle un tío a la cama de mi madre.

Durante la semana siguiente, me fijé más en la forma de actuar de mis padres. Por un lado mi padre seguía trabajando duramente sin apenas estar tiempo en mi casa. Mi madre estaba normal, pero a veces la escuchaba gemir por las noches cuando mi padre estaba fuera, suponía que estaría masturbándose en soledad.

Yo durante aquel tiempo pensaba en cómo solucionar el encargo de mi madre. No era fácil decirle a algún amigo mío “¿Quieres follar a mi madre qué está desesperada por que le echen un polvo?” Era difícil hacer lo que me habían pedido, y seguro que alguno estaría dispuesto, pero qué pensaría de mí con tal proposición… Y qué diría después de ella tras haberlo hecho. Tendría que ser alguien que se comprometiera a guardar silencio y asustarlo con hacerle daño si contaba algo.

Entonces una tarde en que estábamos mi madre y yo solos en casa, llamaron a la puerta. Abrí y me encontré a Juan, un compañero de clase. Venía a pedirme unos apuntes que había perdido. Lo hice entrar para dejárselo y cuando pasamos por el salón, donde mi madre miraba el móvil sentada en el sillón, le hice una señal con la cabeza para indicarle que chaval podría ser un candidato.

–          ¡¿Ahora?! – dijo mi madre.

–          No, no mamá, ahora no iremos a comprar eso… – tuve que disimular pues ella se pensó qué en ese momento Juan venía a satisfacerla – Este es Juan, compañero de clase…

–          ¡Buenas tardes, señora! – le saludó.

–          ¡Hola hijo! – mi madre lo miró de arriba abajo como si viera la mercancía que iba a comprar – ¿Estás en la clase de Enrique?

–          Sí, he venido ha pedirle unos apuntes que he perdido…

–          Muy bien, muy bien. – ella volvió a sentarse – ¡Qué os vaya bien los estudios!

–          ¡Gracias! – contestó él y nos marchamos a la habitación.

Después de un buen rato en la habitación, comprendí que aquel chaval era perfecto. Entre bromas había dicho muchas veces que mi madre le ponía, y era verdad pues cada vez que la veía la miraba de arriba abajo. Además, por lo que yo sabía, era un poco introvertido y no salía mucho, con lo que sólo tendría que controlarlo en la clase. Tras marcharse Juan, volví con mi madre al salón, me senté junto a ella y le hablé.

–          ¡¿Qué te parece Juan?! – le dije.

–          ¡Me gusta! – sentí qué estaba muy excitada con aquel chaval – ¿Para cuando?

–          Espera mamá, aún no le he comentado nada y tengo que ver si aceptará…

–          ¡Vale cariño, ya me cuentas! – se marchó a su habitación y pocos minutos después la escuché gemir, sin duda se masturbaba pensando en un futuro próximo.

Todo continuó igual y dos días después de la visita de Juan, volví a hablar con ella.

–          Mamá, he hablado con Juan. – le dije y ella corrió a sentarse junto a mí en el sofá.

–          ¡Cuéntame, cuéntame! – estaba nerviosa y ansiosa.

–          Me ha costado mucho comentarle lo que necesitaba de él. Muchas veces había comentado que tú le gustabas, pero cuando se ha enterado de lo que le pedíamos, se ha puesto nervioso y no quería.

–          Pero entonces no lo va a hacer…

–          Sí, al final he conseguido convencerlo. Es tímido y no se atrevía. La única condición que me ha pedido es que por favor estés con los ojos vendados y no hablar para no sentirse cohibido. “¡Tiene unos ojos muy bonitos, pero si me mira no seré capaz de hacer nada!” Eso me dijo.

–          ¿Y cuándo? – se puso a pensar – ¡Ya lo tengo! Este sábado tu padre estará de viaje y podría ser si él está dispuesto…

–          Se lo diré mañana y a ver si puede ser.

Desde aquel momento, mi madre parecía una jovencita que fuera a follar con su novio por primera vez. No estaba quieta y se movía de un lado para otro. Cuando le confirmé que el sábado por la tarde vendría a casa para estar con ella, la excitación se le unió al nerviosismo y no paraba de darme las gracias y besos de alegría.

El viernes por la noche sentí una extraña sensación cuando mi padre cogió la maleta para irse de viaje para sus negocios.

–          ¡Hijo, nos vemos el domingo! – me dio un beso – ¡Espero que hayas elegido bien para qué tu madre disfrute!

–          ¡Sí, sí! – dije y me quedé de piedra pues él estaba al tanto. No era extraño, pero no esperaba aquella conversación.

La mañana del sábado fue algo raro. Para empezar, mi madre me despertó sobre las diez de la mañana. Estaba tan nerviosa como en días anteriores. Él vendría sobre las ocho de la tarde y harían lo que quisieran durante el tiempo que quisieran. Mi madre casi ni comió, estaba totalmente impaciente.

A las siete y media le dije a mi madre que iría a buscar a su amante para traerlo a casa. Le aconsejé que lo tratara con delicadeza pues ya le costaba hacer aquello, si fuera muy brusca, podría marcharse corriendo. Yo lo metería en su habitación desnudo y me marcharía a la calle, hasta que ella me llamara al móvil para decirme que ya había acabado. En eso quedamos y me fui a buscar al amante. A las ocho volví a entrar en mi casa. Mi madre estaba en su habitación.

–          ¡Espera aquí! – dije al pasillo mientras abría la puerta y encontraba a mi madre sentada en la cama esperando.

–          ¡Ya va a entrar! – me dijo al verme.

–          No mamá, primero hay que prepararte. – estaba más preciosa y provocativa de lo que nunca la había visto. Se había maquillado de forma exquisita, su pelo rizado lo había recogido en una cola, llevaba un camisón que mostraba levemente su cuerpo cubierto por una medias con liguero y unas bragas negras, no llevaba sujetador y sus pezones se insinuaban en la fina tela del camisón – He traído este antifaz para que él no sienta vergüenza cuando te haga el amor, ponte de espaldas a la puerta. ¡Recuerda qué él no te hablará! ¡Qué disfrutéis! – le coloqué el antifaz y besé su frente – ¡Espero que me llames cuando acabéis! Espera que se marche para llamarme. Cuando estés lista llámalo, espera en el pasillo.

Salí de la habitación y suspiré, no sabía bien que hacía, pero era la única solución que había encontrado para mi madre y mi padre. Me desnudé rápidamente esperando su llamada. No pasaron muchos segundos y escuché la voz de mi madre.

–          ¡Pasa Juan!

Abrí la puerta y la encontré sentada en la cama, donde la había dejado, mirando para el cabecero. Cerré la puerta haciendo ruido para que ella supiera que había entrado.

–          ¡Vamos, acércate Juan! – me dijo y alargó una mano hacia un lado para que la agarrara. La tomé de la mano y acaricié sus brazos hasta llegar a sus hombros – ¡Ya te ha dicho mi hijo lo qué necesito! – guardé silencio – ¡Oh, es verdad, no me hablarás! Pero espero escucharte mientras disfrutas conmigo. – me incliné y besé su cuello, su cuerpo se agitó, llevé mis manos al antifaz para comprobar que estaba bien puesto – Sí hijo, no te veré, pero espero disfrutar sintiéndote dentro de mí.

Cogió una de mis manos y la llevó a su boca, empezó a mamar mi dedo índice y aquello me calentó. Mi polla hasta ese momento estaba flácida, estaba desnudo delante de mi madre y aunque se mostrara tan excitante, la situación me mantenía tenso. Al momento mi polla empezó a crecer. Se giró sin dejar de mamar mi dedo y sus manos buscaron mi cuerpo. Encontraron mis caderas y me acarició subiendo por mi cuerpo hasta llegar a mis pectorales. Di un respingo cuando pellizcó mis pezones.

Aparté mi mano de su boca y moví ligeramente mis caderas para que mi polla chocara contra su boca. Ella sonrió y abrió la boca esperando otro golpe. Me moví y mi glande chocó contra su mejilla. Sus manos bajaron despacio por mi cuerpo hasta colocarse en mi culo, cada mano en cada cachete.

–          ¡Qué culo más prieto! – pasó la lengua por sus labios – ¡Espero qué tu cosa esté bien dura!

Movió la cabeza hacia delante para intentar buscar mi polla, giré la cadera y la esquivé, volví a girar y golpeó su mejilla. Una mano abandonó mi culo y se aferró a polla.

–          ¡Qué dura y grande! – besó suavemente mi glande – ¡Deja qué mami la vea un poquito!

Agarré su cabeza y le coloqué bien el antifaz para que no me viera. La dirigí hasta que mi glande daba en sus labios. Su boca se abrió esperando que entrara, sacó la lengua para esperar mi polla. Le solté la cabeza y ella hizo lo que estaba deseando hacer por mucho tiempo. Su lengua recorrió mi polla desde abajo hasta llegar a mi glande que estaba aun cubierto. Su mano arrastró la piel para liberarlo. Casi me corro cuando ella se tragó mi glande, sentir su lengua, verla tan excitante, disfrutando del falso amigo de su hijo. La excitación hizo que mis piernas temblaran, más cuando dio una profunda mamada que se tragó mi polla entera.

Puse mis manos en su cabeza y la paré, le saqué la polla y ella quiso protestar. La hice levantar y la coloqué a cuatro patas en el filo de la cama.

–          ¡Qué me vas a hacer! – me decía, excitada y lujuriosa – ¡Ya se la vas a clavar a esta caliente mujer!

Me agaché y aparté las negras bragas. Delante de mí aparecieron los labios vaginales del depilado coño de mi madre. El aroma de sus flujos llegó a mí, podía ver como emanaban de su raja.

–          ¡¿Te gusta mi caliente coño?! – ella me hablaba para provocarme y deseaba clavarle mi polla por completo – ¡¿Te gustaría comértelo?!

Antes de que pudiera acabar su pregunta, mi lengua lamía sus labios, podía sentir el sabor íntimo de mi madre en mi lengua. Separé los labios con los dedos y pude ver el rosado interior de la vagina. Mi lengua siguió lamiendo. Su cuerpo se agitaba y ronroneaba por la excitación. Metí un dedo en su profunda vagina mientras miré su redondo y oscuro ano. Mi lengua empezó a hacer círculos en su ano mientras mi dedo la penetraba. Sus caderas se agitaban por el placer.

–          ¡Oh, qué bueno eres con tu lengua! – lanzaba suaves gemidos.

Agarré sus bragas y se las quité por completo. El redondo culo de mi madre me pedía que la follara, pero todavía no quería hacerlo. Sabía que en cuanto mi polla entrara en su vagina, se derretiría y lanzaría su carga de semen. Tenía que hacerle más cosas.

Tras lamerle el coño un buen rato, la puse en pie y le di la vuelta. Cada poco comprobaba que el antifaz no se había movido. Deslicé las tirantas de su camisón por los hombros hasta que cayó por completo al suelo. Mi madre estaba completamente desnuda delante de mí, sus pechos redondos y con oscuros y redondos pezones, me amenazaban para que los mamara. Mis manos agarraron sus tetas y mi boca comenzó a lamer y besar sus pezones que se pusieron muy duros y largos. Ella me rodeó la cabeza con sus brazos y me acariciaba como si le mamara un bebé. Bajé una mano y empecé a tocar su coño, busqué su clítoris y ella gemía de placer.

De nuevo la hice moverse, con cuidado y dificultad por no poder hablar, la puse boca arriba en medio de la cama. La observe. Estaba caliente y hermosa, sus piernas cubiertas por sus negras medias guardaban en medio su ardiente sexo. Me coloqué a cuatro patas sobre la cama, abrí mis piernas y coloqué mi polla a la altura de su cara. Separé sus piernas y poco y ella las abrió de par en par, ofreciéndome una vista impresionante de su mojada y rosada piel de la vagina. Bajé las caderas hasta que mi polla dio en su boca. Su mano la agarró y comenzó a jugar con su boca en mi glande. Deseaba correrme.

Me incliné y separé por completo sus labios vaginales, podía ver la entrada de su vagina, brillante por los flujos que brotaban de tan deliciosa fuente. Hundí mi lengua allí, en el interior de su vagina, como si la follara. Sus caderas se movieron y sus piernas me aprisionaron. Me separé de nuevo y miré su coño.

Sentí como mi polla se perdía por completo dentro de la boca de mi madre. Arqueé el cuerpo y pude verla mamar desesperadamente. Busqué con la vista su clítoris, allí estaba, sobresaliendo de entre sus labios, terso y tenso, esperándome para que lo acariciara. Mi lengua se lanzó a lamerlo y al sentirme lanzó un gemido que fue apagado por mi polla que entraba por completo en su boca. La lamía y follaba su boca, me mamaba y su coño me regalaba flujos que yo tragaba para saborearla.

–          ¡Dios, Juan, me corro, me corro! – empezó a gemir y sus caderas se agitaban descontroladamente – ¡No pares, no pares! – me hablaba desesperadas y mis labios rodearon su endurecido clítoris y succioné con fuerza.

Ni en mis mejores pajas imaginé un orgasmo tan intenso y el gran chorro de flujos que brotó de golpe del coño de mi madre. No dejé de castigar su clítoris y su cuerpo botaba cómo poseída por el demonio de la lujuria. Daba fuertes gemidos y que llenaban toda la casa. Yo seguía castigando su clítoris mientras jadeaba y se retorcía.

–          ¡Para, para! – empezó a gimotear – ¡Clávamela entera! ¡Fóllame!

Me levanté y me giré, me coloqué entre las piernas de mi madre, con mi polla endurecida y deseando clavarme por completo en ella. Sus tetas caían a ambos lados de su cuerpo, sus pezones oscuros y erectos me llamaban. Me incliné y lamí con mi lengua desde su barriga hasta llegar a sus pezones. Empecé a mamarla. Ella se retorcía de placer.

–          ¡Fóllame, fóllame ya! – me pedía

Podía sentir su caliente y mojado coño en mi polla, me moví y froté nuestros sexos, sin penetración. Ella estaba desesperada por sentirme dentro y su mano intentó meterse entre nuestro cuerpo para dirigir mi polla. Levanté un poco mis caderas y sentí mi glande en la entrada de su vagina. Empujé y mi glande se deslizo entre sus labios pero no la penetró.

–          ¡Vamos, clávamela ya! – protestó.

Otro movimiento y cuando sentí de nuevo su vagina caliente, empujé. Había follado con otras mujeres, pero sentir la caliente vagina de mi madre me hizo llegar rápidamente a un estado de éxtasis y sin poder remediarlo, mi polla empezó a lanzar semen.

–          ¡Dios, qué maravilla de polla! – agitaba sus caderas y yo movía levemente las caderas por el placer de correrme – ¡Mamón, no te corras todavía, aguanta un poco!

Fue imposible, al placer de follar a mi madre era imposible de soportar. Me agitaba levemente y mi semen inundaba toda su vagina.

–          ¡Venga Juan, agítate poco a poco! – ella comprendía lo que me había pasado – Sigue moviéndote para que vuelva a ponerse dura. Si lo consigues, te dejaré que me folles por detrás. ¿Te gustaría agarrarte a mi culo y follarlo sin compasión? – aquellas palabras me excitaban y mi polla parecía que no iba a dejar de estar dura. La besé por primera vez mientras llevé mis manos bajó su cuerpo hasta agarrar su culo. Empecé a moverme fuertemente y mi polla empezó a ponerse cada vez más dura – ¡Así, así, sigue, sigue, has que me corra! – mi madre gemía y se retorcía bajo mi cuerpo, me sentía más excitado y mi polla iba cogiendo más dureza – ¡Sí, sí, qué maravilla de polla, fóllame! – le hacía caso y mi polla estaba totalmente endurecida, cada vez que entraba en su vagina se escuchaba el chasquido de nuestros flujos mezclándose – ¡Siiiiií, siiiií, me corrooooo!

Mientras su cuerpo se tensaba por el placer que estaba sintiendo, no paré de follarla. Podía sentir cómo nuestros vientres se mojaban con la gran cantidad de flujos que su coño lanzaba. Sus piernas me rodeaban el cuerpo y podía sentir cómo se convulsionaban por el placer. Seguía follándola, clavándome en su vagina, enloquecido por el placer, era la primera vez que me iba a correr dos veces casi sin tomar un respiro. Aquello era la gloria, follar con mi madre el mayor de los placeres que había y entonces pasó. Clavé por completo mi polla en ella mientras jadeaba en su oído. Empezó a salir mi semen y Marta gemía por el placer. Le clavaba rápidamente la polla y más semen salía, quedé sobre ella, besando su cuello y acariciando su cuerpo mientras mi polla menguaba en el interior de su vagina que se desbordaba de semen y flujos. Por unos minutos quedamos unidos por un sudoroso y lujurioso abrazo.

–          ¡Qué placer más grande! – dijo mi madre.

Me levanté extenuado de su cuerpo, miré su coño y salía parte del blanco semen que le había regalado antes. La hice girarse y quedó boca abajo en la cama. De rodilla sobre la cama, empecé a hacerle un suave masaje en sus muslos, me encantaba acariciarla. Subí y continué con su culo, ella se agitaba y ronroneaba de gusto. Besé cada cachete de su redondo culo y los separé, desde sus labios vaginales hasta su ano, corría nuestros flujos. Besé su espalda hasta llegar a sus hombros, seguí hasta alcanzar su nuca. Le di un leve mordisco y su cuerpo se agitó. Me subí sobre ella poniendo mi flácida polla en su culo, entre sus cachetes.

–          ¡Joder Juan, me vuelves loca! – gimoteo y empecé a mover mis caderas para frotar mi polla contra ella a la vez que mordisqueaba su cuello y hombros – ¡Sí cariño, sigue, me vuelves a poner cachonda!

Seguí por un rato agitando mi cuerpo contra el suyo, mordiéndola por su cuello, frotando mi polla contra su culo. Hasta que volvió la dureza a mi polla. Ella abrió un poco las piernas y dirigí mi polla entre sus piernas para buscar su coño. No la penetraba, pero mi glande se rozaba contra sus labios vaginales y ella se agitaba de placer. Por un buen rato nos dimos placer.

–          ¡Cariño, guíame para que te pueda montar! – me dijo y me levanté.

Ella quedó a un lado, de rodillas, esperando que yo me colocara y la guiara. Así lo hice. Estaba en medio de la cama, con mi polla bien erecta. Podía ver a mi madre desnuda, con aquel liguero y aquellas medias que resaltaban su redondo y hermoso culo. Agarré sus manos y ella se colocó sobre mí, su coño sobre mi polla.

Se sentó y aprisionó mi sexo con el suyo, podía ver cómo sus labios vaginales envolvían mi polla y empezó a agitar sus caderas. Despacio, sintiendo el roce entre nuestros sexos, se agitaba y sus tetas se movían al mismo ritmo. Lleve más manos y las acaricié, sintiendo la dureza de sus pezones en las palmas de mis manos. Mi madre pasaba la lengua por sus labios y empezaba de nuevo a gimotear, ya se estaba poniendo caliente, muy caliente y en breve me follaría.

Levantó su culo de mí y agarró mi polla con una mano. Podía ver cómo mi glande se hundía entre los labios vaginales para perderse en el húmedo y cálido interior de la vagina de mi madre.

–          ¡Oh, sí, qué dura está otra vez! – hablaba mientras se iba clavando mi polla poco a poco – ¡Me gusta sentir cómo entra en mi coño! ¡Cómo separa las paredes de mi vagina! – puse mis manos en sus caderas – ¡Sí, poco a poco, lléname con tu polla!

Bajó un poco más y sintió mis huevos en su culo, se inclinó hacia delante y agarré su culo con las dos manos, lo acaricié con ganas y deleitándome en su redondez. Ella se movía despacio y mi polla entraba por completo en ella, hasta que estaba totalmente llena de mi polla.

Cómo un resorte, sintió más placer, se levantó y quedó sentada sobre mí, con mi polla completamente incrustada en su coño. Sus caderas se aceleraban cada vez más, mi polla la penetraba y su clítoris se frotaba contra mi sexo. Cada vez parecía más excitada, más cerca de conseguir otro orgasmo.

–          ¡Sí, sí, sí…! – cada sí era un golpe de sus caderas y un poco más de placer – ¡Sí, sí, sí, sí…! – ella estaba follándome y su clítoris estaba disfrutando – ¡Más, más, sí, más, sí, ya, ya! – agarré sus caderas y la empujé contra mi cuerpo – ¡Sí, eso, así niño, así, fóllame! – estaba a punto de correrse, podía verlo en su cuerpo y en su boca que se retorcía de placer y aumentaba más sus gritos – ¡Ah, ah, más, fóllame más, más fuerte!

Me abandoné a mis deseos. Mi madre estaba a punto de correrse, agitando sus caderas sobre mi polla, llenándose por completo de su hijo, sus tetas se movían al ritmo de su follada, sus palabras me mostraban el placer que sentía… no podía seguir así. La incliné sobre mí y la besé con fuerza. Mientras una mano la sujetaba por la espalda, la otra agarraba su culo para que no lo moviese. Mis caderas se agitaban todo lo fuerte que podían y mi polla entraba y salía enloquecida de su vagina. Las palabras de mi madre pasaron a ser sonidos de placer, gritos de que el orgasmo empezaba a llenar su cuerpo. Entonces su cuerpo se tensó por completo y dio un gran grito mientras yo no bajaba el ritmo de mis penetraciones.

–          ¡Siiií, fóllame fuerte! – estaba en el clímax y su cuerpo se movía sin control mientras la penetraba todo lo rápido que podía – ¡Joder, qué bueno! ¡No pares, sigue Juan, sigue! – sentía como mis huevos chocaban con su culo – ¡Sí, sí, sí! – levantó un poco el cuerpo y mi boca se lanzó a mamar sus tetas, aquello la volvió loca – ¡Ya me estoyyyyy cooorrieeeeendo! – su coño volvía a lanzar chorros de semen. Le clavé la polla hasta lo más hondo y su cuerpo se tensó al sentir el máximo placer.

Cuando acabó su orgasmo, se desplomó sobre mi cuerpo. Quedamos unidos por mi polla que aun estaba erecta dentro de ella. Me acarició y después se movió hasta que mi polla salió de su coño. Se tumbó junto a mí, sin ver bien cómo estaba, agarró mi polla y empezó a agitarla.

–          Te voy a masturbar y quiero que me avises cuando te vayas a correr, quiero beberte. – aquellas palabras me excitaron.

Su mano me masturbaba y su lengua empezó a lamer mi pecho. Buscó mi pezón y jugó con su lengua sobre él. Que placer más inmenso, su mano me masturbaba, su lengua me lamía. Entonces sus labios se aferraron a mi pezón y empezó a mamarme. Aquello me produjo un placer especial, nunca lo había probado y sentí que me iba a correr. Empecé a gemir y ella supo que ya estaba a punto. El primer chorro de semen saltó hasta su cara. De inmediato soltó mi pezón y su boca se aferró a mi glande, recibiendo y saboreando mi semen. Me convulsionaba y ella recogía cada gota de semen que salí de mi polla. Su mano masajeaba mis huevos hasta que acabó de salir todo el semen. Quedamos por un momento abrazados. Al poco, me levanté y la dejé allí sola, descansando en la cama.

Salí al pasillo y cogí la ropa corriendo, me vestí rápido y salí a la calle sin hacer ruido. Caminé un poco hasta que tuve que sentarme por la agitación del momento, tenía que descansar. Pasaron unos diez minutos cuando sonó mi teléfono, era mi madre, dejé que sonara un poco y contesté.

–          ¡¿Ya mamá?!

–          ¡Sí hijo, creo que ya se ha ido de casa y todo!

–          Pues ahora subo.

Esperé un poco para descansar y hacer como que estaba allí cerca. Después entré en casa y la encontré vestida con su ropa de estar en casa. Me saludó como una niña que acaba de jugar con su juguete favorito.

–          ¡Qué pena qué no pueda tenerlo toda la noche! – me besó en la mejilla y yo pensé que si supiera quién la había follado, tal vez podía hacerlo – ¡A ver si un día que no esté tu padre lo invitas a dormir aquí!

–          ¡Y yo me quedo en la habitación de al lado a escuchar! – protesté.

–          Bueno, tal vez te pueda traer a una amiga… ¿Quieres?


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