Mamá tiene una manera de pensar muy diferente, para ella soy su zorrita. Aunque disfruta demasiado de mi pene


-Buenos días zorrita. –La voz de mamá, sensual y juguetona, me sacó del sueño. Acabó de despertarme con besos y caricias hasta que, aprovechando mi desnudez, cogió mi enjaulado pene para zarandearlo. Mi sexo, que llevaba siete días sin orgasmos, empezó a crecer, pero el dispositivo de castidad lo impidió. Sentí una punzada de dolor, ya familiar, cuando mi piel y carne empezaron a clavarse en los barrotes de metal.

-Buenos días mamá. – Repetí abriendo los ojos. Allí estaba ella, vestida tan solo con una camiseta blanca de tirantes y unas bragas del mismo color. Sus curvas desbordaban tan escuetas ropas y a través de sus ingles y la ropa interior no podía contener su espesa mata de pelo púbico. Estaba encima de mí, besándome y acariciándome. Sus grandes tetas se pegaban contra mi pecho, su olor de mujer se concentraba en mi nariz, sus manos despertaban el deseo en mi piel,…

-Mami se ha despertado juguetona. –Me dijo sonriendo mientras me besaba el cuello, lamiéndome para acabar de despertar mi excitación. Me removí en la cama, presa de un malestar proveniente de mis enjaulados genitales. Instintivamente llevé una de mis manos hasta el pene, pero poco podía hacer para liberarlo. Mamá me apartó la mano, divertida, juguetona y la llevó hasta uno de sus pechos. Apreté suavemente la teta por encima de la camiseta mientras ella me besaba. Me introdujo la lengua hasta la garganta, mordisqueó mis labios, chupó mi lengua,… sus besos eran pasionales, posesivos y en cierta manera transmitían su poder sobre mí. Seguí tocando su pecho, buscando el ya enhiesto pezón a través de la tela. Mi otra mano se deslizó por su vientre para tocarle el sexo, también por encima de las braguitas.

– … por favor…- Apenas pude articular palabra mientras ella seguía besándome, lamiendo y chupando también mi cara, mis labios,… En solo unos segundos me había puesto a cien y yo quería pedirle que me quitara el dispositivo de castidad. Ella, pero, no parecía dispuesta a complacerme. Se levantó y con su sorprendente fuerza me cogió las muñecas, inmovilizándolas contra la cama mientras se sentaba a horcajadas sobre mí.

-Abre la boca. – Me ordenó y obedecí. Escupió varias veces en mi boca abierta y tragué su saliva. – Que guarrilla eres… – Sonrió mientras su saliva seguía cayendo hasta mi garganta. Liberó mis muñecas y se quitó la camiseta. Sus dos grandes pechos se balancearon suavemente y me incorporé un poco, cogiendo una de aquellas tetas para llevármela a la boca. Chupé su pezón, lamí su cálida piel y mamé como si quisiera sacar una leche maternal que mamá hacía años que no tenía. Ante mi ataque a sus pechos ella se limitó a reír complacida y cuando mi boca endureció el pezón, a gemir quedamente. – Si… mi niño… chúpale las tetas a mami… – Cambié de pecho mientras seguía acariciando el otro. Seguía sintiendo la presión constante de mi pene contra la jaula de castidad, pero ignoré aquella frustración y dolor.

Ella dejó que disfrutara de sus pechos un buen rato mientras ella también gozaba de mi adoración por aquellas dos bolas de blanda y cálida carne. Sentí como su respiración se entrecortaba y se excitaba cada vez más. No tardó en guiarme para cambiar de posición y ella fue la se tumbó sobre la cama con las piernas abiertas y ligeramente dobladas con mi cabeza entre ellas. Chupé sus ingles, besé sus muslos y empecé a lamer su sexo por encima de las bragas, haciendo que la tela se humedeciera tanto de mi saliva como de sus fluidos. La prenda, que se veía desbordada por su vello púbico, empezó a transparentar de tan mojada que la dejamos entre los dos.

-Si… mi zorrita comecoños… – Gimió mamá muy excitada. Aproveché para apartar un poco las bragas y empezar a comerle el coño ya sin tela de por medio. Mi lengua recorrió toda la raja de abajo a arriba, penetrándola lo más hondo que pude. Su aroma de mujer era fuerte, embriagador,… Besé y lamí su clítoris y volví a explorar su gruta con la punta de la lengua. Me apartó un segundo para acabar de quitarse de las bragas y me cogió de la cabeza para volver a hundir mi rostro entre sus piernas. Mi boca se apoderó de todos los rincones de su sexo. Su espeso vello púbico me hacía cosquillas en las mejillas.-Si… mi zorrita… – Repetía quedamente mientras arqueaba cada vez más las caderas hacia arriba, hacia abajo,… toda ella temblaba de placer y finalmente sentí que su interior se contraía en un violento orgasmo. Bebí su corrida directamente de la fuente, ávido y sediento de aquel néctar de fuerte sabor.

Mientras mamá recuperaba su respiración besé la cara interna de sus muslos, cariñosa y sumisamente, esperando sus órdenes. No me dijo nada y simplemente me apartó para levantarse de la cama. De un cajón cogió un arnés de cintura y me lo tiró.

-Póntelo. – No era la primera vez, pero últimamente era algo mucho más habitual. Mamá me hacía poner un arnés de cintura con un pene de plástico y follarla hasta la saciedad, aunque sin quitarme mi dispositivo de castidad. Les puedo asegurar que era una de las experiencias más frustrantes y una de las torturas más crueles a las que era sometido.

Apenas hube asegurado el arnés a mi cintura Mamá me tiró sobre la cama, sonriéndome con su perversa lascivia. Se arrodilló entre mis piernas y empezó a chupar el pene de plástico. Lo lamió como un caramelo, se lo tragó todo, lo llenó de besos y saliva,… todo sin dejar de mirarme a los ojos. Su mamada era de profesional, de actriz porno,… como solo puede hacerlo alguien que lo disfruta enormemente. Me demostraba lo complaciente, lo guarra, lo placentera que podía llegar a ser,… pero yo no tenía permiso para disfrutarlo. Para acabar de aumentar mi nivel de frustración y ansiedad empezó a juguetear con mi enjaulado pene y mis cargados testículos.

-Mamá, por favor. – Le encantaba oírme suplicar, pero más parecía disfrutar en torturarme.

-No. – Se sacó el pene de plástico de la boca para sentarse sobre él. Su velludo sexo se tragó el pene de plástico con la misma facilidad que segundos antes había hecho la garganta. – Aghhh. – Suspiró profundamente antes de empezar a moverse, danzando sobre mí. Apoyó las manos sobre mi pecho para ayudarse con el movimiento, para acariciarme y jugar con mis pezones. Cabalgó un buen rato mientras yo, imposibilitado a sentir placer, me concentraba en el suyo. Acompasé mis movimientos a los suyos para poder penetrarla mejor con el arnés. Le acaricié los muslos, los pechos,… Se inclinó para poder besarme pasionalmente. Su lengua entró en mi boca de manera descarada, fuerte e intensa. – ¿Te gustaría follarme de verdad? – Me susurró al tiempo que mordisqueaba el lóbulo de mi oreja.

-Si, por favor. – Respondí sin dejar de empujar con mis caderas el arnés contra su sexo, penetrándola del todo una y otra vez.

-No… mi zorrita virgen… – Respondió ella sonriendo y gimiendo a partes iguales. – No te desvirgaré nunca… – Se burló. Yo no pude responder de otra manera que embistiendo más fuerte contra su sexo.

Después de unos minutos cambiamos de posición. Mamá se colocó a cuatro patas sobre la cama, ofreciéndome la visión de su grande, precioso y redondo trasero. Yo, bajo sus órdenes e instrucciones, no tardé en ponerme detrás de ella e introducir el pene de plástico en su palpitante sexo.

-Si mi niño… fóllame fuerte… – Mamá, al sentir su vagina colmada de nuevo, jadeó con fuerza. Yo obedecí y la agarré de las caderas para poder follarla tal y como ella pedía. El pene de plástico entraba y salía con facilidad mientras ella se dejaba hacer, temblando de placer. Todo su cuerpo se estremecía con cada uno de mis envites. – Dame duro… mi zorrita virgen… – Suspiraba cada vez más entrecortadamente y finalmente se corrió. – ¡Sí!… ¡Sí!,… – Gritó al alcanzar el clímax. Se dio la vuelta, tumbándose sobre la cama y mirándome complacida.

Yo estaba terriblemente turbado, cachondo, frustrado, ansioso,… Follarse a mamá con una polla de plástico era peor que muchos de sus castigos. Inconscientemente llevé la mano hasta mis genitales y maldecí la maldita jaula de castidad. Mamá leyó en mi rostro la amalgama de sentimientos y sensaciones que agitaban mi interior y su cruel sonrisa se ensanchó. Levantó el pie y con él fue trepando por mi pecho hasta llegar a mi cara.

-Aún no hemos terminado. – Me anunció mientras yo ya había cogido el pie para llevármelo a la boca. Chupé sus dedos y lamí el espacio que había entre ellos. Ella se deslizó por la cama y cogió el pene de plástico que seguía atado a mi cintura. Lo guio de nuevo hasta su interior. – Vamos, muévete y sin dejar de chuparme el pie. – Empecé a follarla de nuevo y abrí más la boca para que pudiera introducir todos sus dedos dentro. – Si… así me gusta… si pudieras sentirlo igual que yo… – Gimió. – Mi pobre… zorrita virgen…. – Continuó hablando, recordándome, como si hiciera falta, mi triste e injusta condición. Mi única posible respuesta fue chuparle el pie con más ansia y follarla con más fuerza. Ella siguió provocándome, burlándose de mí entre suspiros, gemidos y jadeos cada vez más exagerada. – Sí… continua… mi pobre zorrita virgen… imagínate lo que debe sentirse follándose a mami… piénsalo… – Me quitó el pie de la boca.

-Por favor mamá. Déjame follarte de verdad. – Aunque yo no podía sentir placer mi respiración también era entrecortada. Era por el esfuerzo, por la ansiedad,…

-No… mi zorrita virgen… – Al decir aquello su cuerpo se arqueó y supe que había alcanzado un tercer orgasmo. Se apartó, quitándose la polla de plástico de dentro. Se incorporó para poder besarme los labios, esta vez con menos deseo y más ternura. Estaba satisfecha, ahíta de placer,…- Follas muy bien con una polla de plástico,… para que cambiar. – Me besó de nuevo. –Además, tengo que hacerte tantas cosas antes,… -Nunca supe si era una promesa o una amenaza, pero estaba claro que iba a cumplirla.

(…)

Mucho más tarde comprendí lo que hacía mamá. Por una parte me adiestraba para yo supiera follar bien el día que por fin quisiera desvirgarme, enseñándome a moverme para complacer a una mujer. Por el otro ensanchaba mis límites, jugando con ellos y atormentándome no solo físicamente, sino psicológicamente. En cierta manera, cosas como la que había pasado aquella misma mañana servían para convertirme en alguien mucho más sumiso, destruyendo mi voluntad. Cada vez más solo sentía pura devoción hacia ella.

Gracias a todo esto yo me había convertido en un casi perfecto esclavo, por lo que lo apenas merecía castigos. Para paliar esto, mamá, que disfrutaba mucho haciéndome sufrir, a veces inventaba faltas o me imponía tareas que yo no podía cumplir. La excusa era lo de menos.

Aquella tarde, después de comer me llamó a la habitación de castigo. Era un cuarto pequeño, oscuro con un nombre que no engañaba. Durante aquellos meses había surtido algunos cambios y mamá había hecho instalar varios ganchos para poder atarme al techo o a la pared. También había ampliado considerablemente los juguetes, materiales y artilugios con los que torturarme.

Me esperaba sentada en el colchón desnudo que había en el cuarto. Estaba vestida con una blusa blanca, una falda negra, medias del mismo color y zapatos de talón. Yo me quedé plantado delante de ella, vestido con unas braguitas infantiles blancas donde destacaba el bulto de mi enjaulada virilidad.

-Esta mañana tu comportamiento ha sido intolerable. Has tardado demasiado en traerme el desayuno, el café estaba frío, las tostadas quemadas,… También has estado distraído durante las clases. – Como bien recordaran yo estudiaba en casa.

-Lo siento mamá. – Dije agachando el cabeza avergonzado. Si había estado distraído era obviamente, por lo cachondo y frustrado que me había dejado la sesión de “sexo” de la mañana, pero no dije nada.

-Está bien que lo sientas, pero no es suficiente. Sabes que no me gusta,… – Mintió descaradamente, burlona. – …, pero tengo que castigarte. De momento, mientras pienso como hacerlo, ponte rodillas y bésame los zapatos. – Me arrodillé.

-Gracias por castigarme. – Le dije antes de empezar a besar la punta de sus zapatos de talón alto. Sabía que esas palabras le gustarían e intentaba que no fuera excesivamente cruel. Además, en una extraña y retorcida manera que me costaba mucho reconocer ante mí mismo, yo también disfrutaba siendo castigado, degradado, humillado,…

-Veamos,… – Empezó a cavilar mamá. Yo ya no besaba los zapatos, sino que lamia el cuero con mi lengua. Mamá levantó una de las piernas para que yo pudiera ponerme el talón en la boca. Lo mamé, chupándolo lascivamente. Degradándome, como a ella le gustaba. – … ya lo tengo. Levántate. – Me saqué el zapato de la boca y me levanté. Ella me bajó un poco las braguitas, dejándomelas a la mitad del muslo. – Primero voy a liberarte. – Mamá se quitó del cuello la cadena con la llave y con parsimonia abrió el candado del dispositivo de castidad. Acabó de quitármelo y lo dejó en la mesita. – Ni se te ocurra correrte o te juro que no tendrás un orgasmo en años,… – Me amenazó, hablándome con fría calma a pesar de sus temibles palabras. Empezó a acariciarme los testículos y el pene hasta que tuve una erección. No le costó demasiado. Cuando me tuvo bien duro me agarró los huevos con fuerza. – ¿Queda claro? – Un fuerte dolor testicular me recorrió todo el cuerpo.

-Si mamá, no tengo permiso para correrme, lo sé. Solo puedo correrme con tu permiso, mi polla es tuya. – Era casi una respuesta ensayada, aunque no por ello menos cierta. Remitió su tenaza sobre mis pobres huevos para acariciarlos de nuevo, con ternura y suavidad.

-Así me gusta. – Me dijo y acercó los labios hasta mi capullo y plantándole un húmedo y cálido beso. Me estremecí de placer. – Aunque no creas que te vas a librar del castigo. – Se levantó y rebuscó en el armario del que sacó un plug anal. Era un cono transparente y duro que acababa con una base para que no se saliera. Mamá me ordenó separar las piernas e inclinarme sobre la cama, sosteniéndome por los brazos. Escupió sobre mi culo y hurgó un poco en mi ano para lubricarlo. No fue suficiente y cuando con violencia y brusquedad, me introdujo el plug en el culo, sentí una punzada de dolor. El aparato, pero, entró todo y me sentí empalado.

Al lado de la cama había un espejo y giré la cabeza para verme. Desnudo, empalmado y con las braguitas a medio muslo. Mamá estaba a mi lado y vi por el espejó como levantaba una mano y me daba una fuerte cachetada en la nalga.

-¡Ah! – No pude evitar soltar un leve quejido. A mamá no pareció importarle pues de nuevo levantó el brazo y descargó otra nalgada que dejó mi carne temblando. Empecé a sentir un ardor en la piel del trasero, un picor intenso y constante. Mamá golpeó varias veces más en aquella posición hasta que se cansó y se sentó en la cama. Me ordenó tumbarme encima de ella con mis posaderas a la altura perfecta para seguir azotando.

-Eres una zorrita perversa,… – Me dijo al sentir mi pene, duro y caliente, entre sus muslos. Para mí, el tacto de sus medias en mi polla era terriblemente erótico. – Tendré que ser mucho más dura. – Cumplió su amenaza y empezó a golpearme las nalgas con las dos manos abiertas. Esta vez sí que sentí mi culo arder de verdad.

-Mamá,… por favor… – No estaba atado pero sabía que si me movía sería peor, por eso me limité a lloriquear y suplicar algo de piedad. –Duele,… – Me ignoró, azotándome rápido y fuerte a ambas nalgas a la vez. El plug anal se removía en mi interior por la violencia de los golpes. Las lágrimas se agolpaban en mis ojos y empezaron a caer por mis mejillas. Me estaba zurrando sobre sus muslos como a un niño pequeño, pero la fuerza de sus palmadas no tenía nada de infantil o cuidadoso.

Finalmente se cansó de golpear. Me empujó hacia la cama y quedé tendido boca arriba. Ella se levantó un segundo para subirse la falda y quitarse las bragas. Su vello púbico brillaba empapado. No pude ver mucho más porque colocó su gran y redondo culo encima de mi cara. Con las manos me ayudé para separar un poco las nalgas y buscar con la lengua el agujero de su culo.

-Cómeme el culo zorrita,… si…- Suspiró cuando penetré el ano con la lengua, buscando que entrara todo lo posible. Ella no se quedó quieta. Aplastó mi pene contra la barriga para acceder a lo que realmente quería, mis huevos. Los agarró con una mano mientras con otra golpeaba la base con fuerza controlada. Aguanté el dolor testicular intentado lamer más profundamente las entrañas de mamá. Saboreé el interior de su culo con la lengua.

-¡BFpfk! – Balbuceé una queja cuando la intensidad y velocidad de sus bofetones en mis huevecitos aumentó. Su culo me aplastaba la cara pues dejó caer todo su peso sobre mí rostro.

-¿Le duelen los huevos a la zorrita? – No podía contestar y ella lo sabía. Golpeó varias veces más y por fin soltó su presa. Se levantó de nuevo y me miró la cara. Yo estaba sofocado, casi al límite. Leí el su mirada que estaba terriblemente excitada. Del armario sacó otro de nuestros juguetes. Era una mordaza que tenía otro consolador saliendo por la parte de fuera. Mordí la bola de la mordaza cuando mamá empezó a atarme las correas alrededor de la cabeza. Me obligó a ponerme de rodillas al borde de la cama mientras ella se sentaba con las piernas bien abiertas. Me cogió de la cabeza y me empujó hacia sí y pude ver en primera persona como el pene de plástico negro entraba completamente en su peluda vagina. Agarrándome con fuerza por la nuca y tirando del pelo imprimió un brusco ritmo de penetración. Mi cabeza era zarandeada mientras ella disfrutaba del consolador entrando y saliendo completamente de su vagina. -¡Si! … Oh… – Jadeaba. Me mareé un poco, pero simplemente dejé que mi madre usara mi cabeza como soporte para el consolador. Me sentí usado, como un simple objeto.

Después de un buen rato de esta extraña follada mamá tiró de mi pelo hacia arriba y me derribó sobre la cama. No tardó en sentarse en mi cara para empalarse de nuevo en el pene de plástico sujeto a mi cara. Sus muslos rodearon mi cabeza y sentí la presión del peso de cuerpo en mi rostro cada vez que se levantaba un poco y se dejaba caer para usar el consolador. Saltaba encima de mí mientras seguía gritando y gimiendo.

-Si… Oh… zorrita… – Su movimiento cesó cuando experimentó un enésimo orgasmo. Se quedó unos segundos descansando, sin levantarse de mi cara. Finalmente, pero, agotada y satisfecha, se sacó el consolador del interior y me lo quitó de la cara. Respiré, aliviado, sediento, exhausto,…- Espera aquí, de rodillas en suelo.

Obedecí, saliendo de la cama y arrodillándome tal y como ella me indicaba. Me subió las braguitas, que habían estado todo el rato a mitad del muslo. La tela aprisionó mi sexo, erecto y duro. También me ató las manos detrás de la espalda con un trozo de cuerda. Salió del cuarto de castigo y regresó en un par de minutos con una gran copa de balón en la mano repleta de cubitos de hielo.

-¿Estás cansado? ¿Tienes sed? – Preguntó con un perverso tono de voz. Afirmé, asustado por la lascivia y crueldad de su mirada. – Perfecto. – Aún estaba vestida, aunque tenía la falda subida y yo podía ver su sexo perfectamente, acercó la copa hasta allí y empezó a orinar. Llenó la enorme copa y la orina empezó a deshacer los cubitos de hielo, mezclándose con el agua de estos. Me acercó la copa a los labios. – Bébetelo todo.

-No,… mamá,… por favor…- Ahogué una arcada de asco. Lloré, protesté, supliqué,… todo inútilmente.

-Bébetelo todo. – Repitió poniendo el borde de la copa en mis labios, insensible a todas mis quejas y suplicas. Inclinó la copa y el amarillento líquido rozó mis labios. Entreabrí la boca y la mezcla de hielo desecho y orina entró. Di un primer y asqueroso trago mientras ella sonreía, complacida de ver que podía llevarme de nuevo más allá de mis límites. Era obvio que disfrutaba de mi total sometimiento, el hecho de saber de qué yo haría cualquier cosa que me ordenara. Di un segundo trago, ignorando el asco y las arcadas que me producía. Gracias al hielo la orina estaba fría y había perdido parte de su intenso sabor, pero les puedo asegurar que era igualmente asqueroso. – Así me gusta zorra,… bébete el pis de mami… todo. – Ella iba inclinando la copa para facilitarme la tarea. Me terminé todo el contenido de la copa, dejando solo restos de hielo en el fondo. – Muy bien zorrita,… como lo has hecho tan bien tendrás premio. Levántate.

Me levanté. Mamá, sentada al borde la cama, frotó un poco mi sexo por encima de las braguitas para recuperar la erección que yo había perdido por el asco de tener que beberme toda aquella copa llena de sus meados. No le costó mucho y en unos instantes las braguitas mostraban el evidente bulto de mi empalmada. Las bajó un poco para liberar mi sexo y empezó a masturbarme.

-Tienes permiso para correrte. – Me confirmó con una sonrisa lujuriosa. Me pajeó con fuerza con una mano mientras que ponía la otra en cazoleta, delante del sexo, para recoger toda mi corrida. No tardé en sentir el semen agolpándose en la entra de mi polla y en unos segundos solté una espesa y abundante corrida que mamá recogió con su mano. – De rodillas. –Me ordenó cuando acabé de soltar todo el contenido de mis pelotas. Obedecí y esta vez me puso la mano con la que había recogido todo el semen cerca de la cara. – Supongo que ya sabes lo que tienes que hacer.

Lo sabía. Quería que me comiera mi propia corrida de su mano, arrodillado. Era como si alguien le da de comer a su mascota directamente con la mano. Totalmente obediente a ella incliné un poco la cabeza y empecé a recoger espesa y blanca esperma de la mano de mamá. Sorbí con los labios y acabé de dar lengüetazos para limpiar completamente la piel y dejarla sin un rastro de semen. Cuando terminé alcé la mirada hacia ella. Sonreía, contenta, cruel, lasciva,…


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