Madre e hijo se quedan atrapados en una casa que funciona todo con domótica, ahí recibirán instrucciones de un personaje misterioso


Cuando Carolina, de treinta y seis años, y su hijo de dieciséis Bruno se mudaron a la nueva casa, solo vieron las ventajas. Un entorno ajardinado y exclusivo en Arturo Soria, alejado del infernal ruido de Madrid. Una vivienda completamente informatizada, domotizada hasta el extremo. La casa más segura del mundo, les dijo el constructor antes de decidirse. Tan moderna que no necesitaréis nunca más llaves, bastará con vuestra huella dactilar. Veinticuatro horas conectada a un centro de control que velará por vuestra seguridad.

No es que fueran ricos, pero Carolina del Val era una médica reconocida en una especialización tan extraña como la reumatología infantil, y eso le había dado cierto nombre además de un buen poder adquisitivo. Todo ganado con su esfuerzo y su adicción al trabajo, sin olvidarnos de la ayuda de sus padres que tantas veces cuidaron de Bruno después de que ella se quedara embarazada a los veinte años. ¿El padre?, un don nadie. Otro estudiante de medicina lo suficientemente valiente para querer ser cirujano pero lo suficientemente cobarde para desentenderse de su paternidad.

Eran solo ella y él, Carolina y Bruno, Bruno y Carolina. Aunque el adolescente muchas veces había sentido que era solo él. Él y sus abuelos. Su madre y sus pacientes.

La casa más segura del mundo, les habían dicho…

Día 1

—Bruno cariño, me voy ya a las ponencias. Ya sabes que vuelvo en cuatro días y que los abuelos están en el pueblo. Cualquier problema llámame al móvil, ¿vale? —anunció Carolina dirigiéndose a la puerta, arrastrando una maleta con ruedas tan grande que parecía mentira que sus finas piernas pudieran andar.

—¡¡¿¿Bruno??!! ¡¿Es que no me oyes?!

—Que sí mamá, te oigo —respondió apareciendo en el recibidor vestido aún con el pijama—. Todo controlado.

—Vale cariño dame un beso, pórtate bien. No te acuestes tarde que ya es domingo y mañana te toca madrugar. Te llamo cuando llegue a Barcelona, me voy pitando que el taxi ya me está esperando para llevarme a la estación.

—Que síiiii —insistió el muchacho con voz de paciencia.

La madre volvió a mirarse en el gran espejo del recibidor. Se colocó bien el pelo, bajó la falda que llevaba un rato pensando que quizás era demasiado corta, estudió las medias en busca de alguna inexistente carrera, repasó los tacones y retomó su marcha hacia la puerta diciendo:

—Ayúdame con la maleta, anda, que pesa como un muerto.

Colocó su pulgar en la ranura y enseguida una pequeña luz roja le informó del error de lectura.

—¡Ya empezamos con este trasto! —maldijo mientras lo volvía a intentar con idéntico resultado.

Lo intentó hasta tres veces más cuando Bruno la hizo a un lado.

—Te tiene manía, déjame a mí.

Pero el chico se equivocaba. Esta vez aquel artilugio no reconocía a ninguno de los dos.

—Bruno, hijo…hazme el favor de llamar a la central y que desbloqueen la puerta, el taxista me va a matar.

El hijo fue al salón y pronto regresó con el móvil en la mano y cara de circunstancias.

—No tengo cobertura.

—Pero bueno, ¡¿qué pasa hoy?! Siempre estas tonterías cuando más prisa se tiene.

Asqueada, la madre agarró su bolso lleno de cosas y buscó nerviosa su teléfono, escondido entre pintalabios, pañuelos, caramelos, bolígrafos e incluso un mapa del metro.

—El mío tampoco me da señal —dijo con voz preocupada, con la mirada clavada en la pantalla.

—Habrán activado los inhibidores por error, por eso tampoco se abre la puerta. Voy a llamar desde el fijo —explicó el joven.

Hizo un amago de irse pero entonces un ruido lo paralizó del susto. Ambos se miraron desconcertados mientras oyeron las persianas de toda la casa bajándose a la vez.

—Hijo, ¿qué demonios está pasando?

A medida que se quedaban completamente a oscuras Bruno intentó tranquilizar a la madre:

—No te preocupes, por un error la casa se debe estar cerrando. Si fuera una amenaza real nos habrían llamado.

La explicación tenía sentido, pero el tono de su voz transmitía cierta preocupación. Completamente en la oscuridad, alumbrados solo por sus teléfonos, vieron como la luz del salón se encendía. Les sorprendió ya que habían apretado todos los interruptores cercanos y ninguno obedecía, como si hubieran cortado la electricidad. Lentamente y muy cerca el uno del otro, paso a paso, fueron hasta la estancia iluminada. Una vez allí pudieron ver como la Smart Tv se encendía también, y sobre el fondo negro aparecían unas palabras, creándose letra a letra:

No tengáis miedo. Esto no es un robo. Es solo un hackeo.

Madre e hijo se miraron, esta vez con razón, asustados.

Nada os pasará si obedecéis. A partir de ahora yo tengo el control.

—Dios mío hijo, van a pedirnos dinero.

No quiero dinero. Solo vuestro control.

—¡¿Cómo es posible que nos oigan?! —gritó la madre completamente atemorizada.

—Las cámaras —contestó Bruno—. Pueden oírnos y vernos. Hay cámaras por toda la casa excepto en las habitaciones y los baños. ¡Esto es como un puto gran hermano!

Casi histérico, el joven desapareció y volvió al poco tiempo decidido y con un rollo de celofán negro en la mano. Se hizo con un taburete y subido en este comenzó a tapar el objetivo de las tres cámaras que apuntaban al salón.

No hagas eso, advirtió el siniestro texto del televisor. Y viendo que el adolescente no obedecía añadió:

Tendré que castigaros.

Día 2

Apenas pudieron dormir. Entre el miedo y el intenso frio que sentían ninguno de los dos consiguió conciliar el sueño. Se instalaron en la habitación de la madre pero ni la ropa de invierno ni todas las mantas y los edredones de los que disponían les había protegido de los dos grados que hacía en el exterior. Diciembre era un mal mes para según que castigos y cortarles la calefacción había sido toda una lección.

—En la central se darán cuenta y vendrán a ver qué pasa —afirmó la madre intentado disimular los temblores, acurrucada y desprendiendo vapor por la boca a cada palabra.

—No si “la casa” les informa de que todo está bien —respondió lacónico el hijo.

—El jardinero se dará cuenta. Hoy es lunes, esta tarde vendrá.

—¿Richard? Con la música y su pasotismo habitual no creo ni que se dé cuenta de que están las persianas bajadas.

—Alguien en el trabajo vendrá a comprobar que pasa cuando no aparezca y vean que los teléfonos no dan señal.

—Mamá, no te esperan hasta el viernes.

—Pues algún amigo tuyo del colegio…

—Lo dudo…

—¡Joder! ¡Pues algo tendremos que hacer! —gritó Carolina desesperada.

Hubo un turbador silencio que duró varios minutos antes de que Bruno dijera:

—Lo único que podemos hacer de momento es obedecer.

Con esfuerzo debido al entumecimiento de los músculos el muchacho descubrió las tres cámaras y ambos se sentaron en el sofá, esperando. No tardó mucho en encenderse el televisor.

Calefacción encendida, obedecer tiene sus recompensas.

—¡¿Qué quieres de nosotros?! —Exclamó la madre como si estuviera en medio de una sesión de ouija.

El televisor tardó varios interminables segundos en responder:

Un científico nunca les cuenta los planes a sus ratones. Usted debería saberlo Dra. Del Val.

Madre e hijo lanzaron varias preguntas más al aire, pero como respuesta solo recibieron el led rojo indicativo de que el aparato se había apagado de nuevo. Decidieron inspeccionar la casa y pronto se dieron cuenta de las cosas que funcionaban y de las que no. Su captor lo había habilitado todo excepto las persianas, los teléfonos e internet. Intentaron hacer una vida medianamente normal, a la espera. Angustiados por la situación y con una casa enrarecida iluminada por la luz artificial, protegida de la luz natural del exterior. Aquello hizo el ambiente más claustrofóbico. De búnker.

Habían comido ya y acomodados en el sofá una duermevela les invadía, derrotándolos después de aquella terrible noche, cuando el ensordecedor ruido del jardinero les despertó. Richard estaba en el jardín empleándose a fondo con su soplador de hojas. Limpiando el suelo de las hojas secas del magnolio y el castaño de indias. El televisor se encendió de nuevo:

Obedecer al pie de la letra es la única salida. Un error puede ser fatal.

—¡¿Qué es lo qué quieres?! —insistió la madre.

Un solo error será imperdonable.

La madre y el hijo miraban hacia todas partes con extrañeza cuando observaron como una de las persianas del salón subía lentamente, dejando entrar algo de luz natural a la estancia.

Al pie de la letra…, insistió el texto.

—Lo hemos entendido —dijo Bruno en voz baja, casi ininteligible.

Carolina, acércate a la ventana. Una señal al jardinero y será terrible para los dos.

Extrañada, se levantó pausadamente y se acercó al cristal. Una vez allí pudo ver como Richard la observaba extrañado. Vestido de verde, con gorra y cascos para protegerse del molesto ruido del soplador que, apagado, había apoyado en el suelo. Carolina vestía con un pijama grueso de invierno, el más grueso que tenía. Enseguida se sintió avergonzada.

—¿Y ahora?

Se dio cuenta que desde su nueva posición no podía ver el televisor e insistió:

—¿Y ahora, Bruno?

El joven tosió nervioso antes de responder:

—Dice que te quites la parte de arriba.

—¿Cómo? ¡¿Se ha vuelto loco?! Voy en pijama, ¡no llevo ni sujetador!

—Eso es lo que pone…mamá —insistió él profundamente violentado.

La madre titubeó un momento y pudo ver como las luces, aún encendidas, parpadeaban en señal de poder.

—Hijo…esto es una locura…

—Lo sé. Pero si no nos mata de frío nos matará de hambre. No sabemos cuánto tiempo tardarán en darse cuenta de esta situación.

Richard observaba embobado a su empleadora esperando algún tipo de instrucción cuando ella, tiritando de miedo que no de frio, se quitó la parte de arriba tapándose hábilmente los pechos con los brazos. Abrazándose a sí misma. Desde el sofá su hijo pudo observarle la espalda desnuda. Espalda delgada y fibrosa, bonita. Bruno se dio cuenta que nunca había visto desnuda a su madre. No por lo menos con la edad suficiente para acordarse. Ni siquiera la había visto en bikini o con escasa ropa. Su adicción al trabajo hacía que pasara del traje chaqueta al pijama. De la bata médica al conjunto de trabajo. Tampoco en verano solía vestir cómoda.

Cuánto mides, Dra. Del Val.

—¿Y ahora? —preguntó nuevamente, incómoda, la madre. Viendo los ojos desorbitados y sorprendidos del jardinero.

—Pregunta que cuánto mides.

—¡¿Qué?! Pero qué demonios… 1.73 cm.

Carolina seguía tapándose como podía mientras que Richard la observaba desde el jardín, desconcertado.

—Pregunta por el peso.

—Cincuenta y cuatro kg. —contestó casi en un susurro.

Pasaron un par de minutos más de silencio sepulcral hasta que la doctora volvió a preguntar, al borde del colapso:

—¿Y ahora qué?

—Me…—titubeó—. Dice que cuál es tu talla de sujetador.

—Una talla noventa pervertido de mierda.

Buenos pechos para una persona tan delgada.

Bruno decidió no leer en voz alta la última frase. Notó como se le aceleraba el pulso y empezaba a transpirar. Se sintió raro, mal. Enfermo. No podía ver al jardinero pero se lo imaginaba gozando de la maravillosa vista de su jefa. Una auténtica MILF que le regalaba un improvisado striptease. La madre siguió preguntando y el televisor, de momento, no daba nuevas instrucciones. Se puso aún más nerviosa cuando vio al empleado deslizar su mano hasta la entrepierna y acariciarse ligeramente por encima del pantalón.

—¡¿Y ahora qué?! ¡Gilipollas!

—Dice que te quites la parte de abajo.

El muchacho se sorprendió a sí mismo. ¿Por qué había dicho eso? ¿Se había vuelto loco? ¿En qué estaba pensando? El televisor seguía con un impoluto fondo negro mientras él mentía de manera tan asombrosa.

La madre se quitó los descansos de ir por casa y poco a poco deslizó el pantalón del pijama hasta los tobillos. Lo hizo con tanta dificultad para no enseñar los pechos desnudos con la acción que fue incluso más erótico. Deshaciéndose de la prenda y quedándose tan solo con unas finas braguitas negras. Richard alucinaba con las vista de sus senos que se escapaban por momentos entre la piel de los brazos, su vientre plano y sus piernas algo delgadas pero bien torneadas mientras que Bruno veía como se ponía casi en pompa, mostrándole un trasero redondeado y firme que acompañaba su cintura y espalda perfectas.

En ese momento se materializaron los peores temores del hijo, que tuvo una insana, perturbadora y potente erección. Tragó saliva e intentó respirar cuando Carolina pudo ver como el jardinero intensificaba sus tocamientos y se acercaba hacia la ventana. En ese preciso instante la persiana volvió a bajar y el televisor reaccionó de nuevo:

Interesante.

—Bruno, ¿qué está pasando?

—Dice que ya es suficiente.

Día 3

Aquella noche tampoco pudieron dormir demasiado. Cada uno en su habitación y con sus demonios. Carolina atemorizada por aquel secuestro 3.0 y Bruno trastornado por lo acontecido el día anterior. Se mentalizó a sí mismo de que había sido algo inevitable. Fruto del miedo y del forzado voyerismo. Desayunaron juntos, casi en silencio hasta que la madre dijo:

—Si no te importa me voy a duchar. Ya me contarás si nuestro pervertido psicópata da señales de vida.

—Ok —fue la única respuesta del hijo, que seguía ensimismado jugando con los cereales.

Bruno veía la tele mientras que su madre comenzaba su riguroso ritual de belleza cuando esta dejó de emitir señal para volver a transformarse en un medio de comunicación.

No es mala o insana la curiosidad, Bruno.

—Vete a la mierda —susurró el chico.

No hay de que avergonzarse.

El muchacho apretó los puños con rabia, consciente del secreto que sin querer compartía con aquel siniestro personaje.

Jamás te delataré, expresó el texto como leyéndole la mente.

El adolescente temblaba por la adrenalina, concentrado en respirar profundamente y recuperar el control. Pero aquel autoimpuesto observador parecía saber mucho de la psique humana.

No soy tu carcelero, solo un vehículo. A partir de ahora solo hablaré contigo.

—¡¡Qué quieres de mí, cabrón!!

La respuesta tardó unos segundos en aparecer:

¿Qué quieres sacar tú de una ocasión única? Puedes ser más libre encerrado en estas cuatro paredes que en toda tu vida. Utilízame.

—¿¿¡¡De qué coño estás hablando??!!

Sé libre. Seréis libres cuando seas sincero contigo mismo. Experimenta.

Bruno empezó a andar nervioso por todo el comedor. En tan solo tres días aquellas letras se habían metido dentro de su cabeza con una facilidad pasmosa. Sentía que podía leerle la mente y hasta le dio miedo pensar en según qué cosas. Aumentó su rango de acción y siguió andando como un autómata por el resto de la casa, rozando el histerismo. Nuevamente, sin saber la razón, movido por una especie de fuerza primitiva, se sorprendió a sí mismo con su siguiente acción. Irrumpió en el baño dónde se estaba duchando su madre y se desnudó completamente. Sacándose patosamente la ropa como si estuviera infestada de pulgas. Pudo ver su silueta desnuda a través de la amarillenta cortina de la bañera y supo que ella ni siquiera había reparado en su presencia. Cuando corrió la cortina con violencia Carolina casi se murió del susto, tapándose al instante como pudo la desnudez.

—Dice que tenemos que ducharnos juntos, mamá —mintió el hijo cabizbajo.

La madre seguía cubriéndose los senos con los brazos y el pubis con una mano, cerrando las piernas instintivamente mientras intentaba salir del shock.

—¡¿Qué?! ¡¿Por qué?!

—Ni idea…

—¡¿Pero cómo podría saber si obedecemos o no?! No hay cámaras en los baños.

—No lo sé, pero me da miedo que vuelva a castigarnos.

—Pero…

—¡Joder mamá! ¿Crees que me lo paso bien con esta situación?

—Vale, vale, perdona hijo, perdona.

No tuvo que decir nada más para que el contrariado muchacho entrara con ella en la ducha. Carolina le dio la espalda y siguió aclarándose el pelo. Intentando darle a todo aquello una falsa pátina de normalidad. Bruno la contempló descaradamente. Recreándose nuevamente con su preciosa espalda y su apetecible trasero en forma de corazón invertido.

—De todas formas ya estaba terminando —informó ella.

—Muy bien —respondió el hijo notando como su miembro empezaba a estar medio erecto.

—Solo me faltaba terminar de aclararme el pelo.

Al erguirse y recorrer su cabello con las dos manos el adolescente pudo ver uno de sus pechos de refilón, adornado este por un precioso y erecto pezón. La imagen fue suficiente para que su falo se pusiera tan tieso que incluso estuvo, por un momento, a escasos milímetros de tropezarse con el cuerpo de la madre. Notó su respiración tan agitada que le recordó a la de un toro a punto de embestir

—Me salgo ya —dijo la madre saliendo de la ducha y corriendo de nuevo la cortina rápidamente, haciendo que la tela les separara otra vez.

Bruno ocupó el espacio dónde hasta hacía unos segundos estaba su madre. Más cerca de la alcachofa de la ducha. Se agarró el erecto pene y apoyó la cabeza contra los azulejos de la pared. Desesperado. Aún podía oír a su joven madre secándose a menos de dos metros.

Día 4

Cuando Carolina salió al salón se encontró con su hijo esperándola, vestido cómodamente y desayunado.

—Hijo, ¿qué es esa cara?

Curiosamente la temperatura de la casa se había ido al otro extremo, haciendo un calor casi insoportable. El moderno secuestrador debió pensar que un ambiente “tropical” ayudaría a sus oscuros experimentos. La madre, algo asfixiada, vestía solo con un diminuto pantaloncito de pijama rosa y una camiseta de tirantes a juego. Descalza, observaba la cara de preocupación de Bruno.

—¿Es por el psicópata? ¿Ha dicho algo más? ¿Y que es este calor?

—Lo del calor empezó ayer por la noche. La tele me ha vuelto a hablar —mintió.

—Si…

—Quiere que te coloques justo en la puerta —dijo señalando la parte que separaba el salón del recibidor.

El joven eligió el sitio perfecto para tener buenas vistas y que a su vez la madre no pudiera ver el televisor. Carolina se acercó al lugar indicado lentamente, sin perder de vista a su hijo.

—¿Y ahora?

—Mamá, quiere que te desnudes mientras me miras, y quiere que no deje de mirar.

—¡¡Puto malnacido!! ¿¡No se conforma con calentar al jardinero que ahora pide esto!?

—Dice que si no hacemos todo lo que nos pide cerrará la nevera y la despensa y nos matará de hambre y frío.

Vas bien, Bruno, apuntó el texto del televisor.

—¡¡Hijo de puta!!

El hijo dejó que se desahogara un par de minutos, consciente de que era el paso previo a la aceptación. Cabizbaja, Carolina empezó quitándose el top, con habilidad para mostrar lo justo y necesario. Se detuvo un minuto largo y, viendo que no le daban más instrucciones, hizo lo mismo con el pantaloncito. Sus delgados brazos y pequeñas manos no daban abasto intentando tapar toda su anatomía. Mientras una mano tapaba el sexo el resto era incapaz de cubrir sus generosos senos. De repente, la cadena de música se encendió y empezó a sonar Baby did a bad bas things de Chris Isaak.

—¿Qué pasa ahora?

Bruno observó el televisor y, al ver que no había ninguna indicación, improvisó:

—Quiere que…que bailes. ¡Que bailes en plan sexy! Sí, eso es lo que pone.

La doctora sintió tanta congoja que ni siquiera protestó. Miró al techo, luego se miró los pies desnudos, tragó saliva y respiró. Incapaz de mirar a su hijo empezó a moverse, patosamente. Movía ligeramente las caderas y el cuerpo tapándose el cuerpo continuamente. Arrítmica y desganada siguió un par de minutos hasta que su hijo dijo:

—Pone que o lo haces bien o no podrás parar.

Bien pensado.

Con los ojos vidriosos Carolina volvió a inspirar profundamente e intensificó el movimiento. Ahora movía el cuerpo ondeándolo como una serpiente mientras que, con la mano que no cubría su sexo, se acariciaba los pechos suavemente.

—Más sexy —dijo su hijo sin escrúpulos.

Siguió al ritmo de la música hasta que finalmente se olvidó de cubrir sus partes. Bruno sintió como su miembro se ponía tieso como un sable al ver el vello púbico de su madre, arreglado y rasurado en forma de pequeño triángulo. Se contoneaba como una auténtica bailarina de striptease mientras que su hijo estaba tan erecto que tuvo que poner un cojín del sofá sobre su regazo para disimular.

—¿Es suficiente?

La madre seguía pavoneándose ante los atentos ojos de su estirpe, que, boquiabierto, no articulaba palabra.

—¿Bruno?

El hijo estaba tan excitado que había colado su mano entre el cojín y su entrepierna y se acariciaba por encima del fino pantalón.

—¡¿Bruno, joder?! ¡¡¿¿No dice nada??!!

Por fin el muchacho consiguió salir del trance y dijo:

—¡Sí!, sí. Ya está.

Carolina rápida como un rayo se vistió con el pantalón del pijama y, tapándose los pechos con las manos y el top salió del salón exclamando:

—¡Espero que lo haya disfrutado el muy hijo de puta!

El muchacho se quedó sentado, sudando y con la respiración acelerada cuando pudo ver en la pantalla un solitario símbolo: 😉

Día 5

A la mañana siguiente Carolina no salió de su habitación hasta pasadas las once. Había desayunado incuso en ella, unas galletas cogidas de la despensa la noche anterior. Se puso unos vaqueros y un top blanco y finalmente reunió las fuerzas suficientes para enfrentarse a aquel cyber-secuestrador. Cuando llegó al terrorífico salón se encontró a su hijo en calzoncillos, con la cara desencajada y totalmente abatido.

—¡¿Hijo?! ¡¿Qué te pasa?!

Bruno temblaba y casi lloriqueaba, negando continuamente con la cabeza. La madre se sentó junto a él en el sofá y puso la cabeza del muchacho sobre su regazo. Le acariciaba el pelo mientras insistía con voz dulce:

—Cuéntame mi amor, ¿qué pasa? ¿Qué ha dicho?

—Es un monstruo mamá, ¡un monstruo!

—Vamos cariño, explícamelo. Sea lo que sea lo arreglaremos, te lo prometo.

Bruno restregaba su cara contra los formados muslos de su progenitora sin querer hablar.

—Vamos hijo…vamos.

—Lo ha cerrado todo. ¡Todo! No tenemos acceso ni a la poca comida que nos quedaba en la nevera. Dice que nos matará si no…

—¿Si no qué? Dime mi amor…dime…

El hijo empezó a subir la cabeza restregando el rostro por todo el cuerpo de su madre lentamente. Pasó por los pechos apretándola hasta llegar a la cara de Carolina y dijo:

—Dice que para que nos libere me tienes que dar un orgasmo.

Sin darle tiempo a responder empezó a besarla, mordisqueándole los labios e intentando meterle la lengua mientras se abalanzaba sobre ella. Carolina estaba completamente en shock mientras que, en cuestión de segundos, Bruno ya estaba encima haciéndola casi caerse del sofá. Seguía besándola y mientras le tocaba los pechos con las manos presionaba su falo contra su sexo, separados solo por la ropa.

—Lo siento mamá, es un monstruo, un monstruo.

Entre gimoteos seguía metiéndole mano a su propia madre ante su absoluta pasividad. Disfrutaba de su cuerpo a placer mientras seguían las lamentaciones:

—¡Es un cabrón de mierda! No podré mamá…no podré.

Pero lo que decía y lo que hacía era diametralmente opuesto. No solo manoseaba a su madre sino que ya tenía una notable erección escondida detrás del bóxer que restregaba sin pudor contra la entrepierna de la madre. No fue hasta que Bruno consiguió sacarle el top y dejar su impresionante busto cubierto solo por el fino sujetador que Carolina no volvió en sí:

—Hijo, para, ¡para! ¡¿Qué haces!?

Sin salir de encima de la madre el hijo se detuvo, mirándola con la cara más apenada que fue capaz de poner.

—Mamá, está loco. ¡Completamente loco! Ha dicho que o hacíamos lo que decía o que no solo nos tendrá en ayunas, sino que entrará mientras durmamos y clavará nuestros cuerpos en el techo con chinchetas. ¡Es un auténtico enfermo!

La doctora reflexionaba sobre aquella abominable afirmación cuando Bruno reemprendió lo que estaba haciendo, manoseándola de nuevo mientras le besaba el cuello. Colocó su mano entre los muslos de Carolina y la acarició diciendo:

—No podré, seguro que no podré. ¡Es algo horrible! ¡Es una barbaridad!

Sin ver ninguna salida, finalmente ella le abrazó con fuerza y se dejó hacer de nuevo, susurrándole:

—Tranquilo hijo, tranquilo mi amor, concéntrate.

Carolina consiguió abstraerse lo suficiente, miraba el techo mientras que con sus dedos acariciaba el cabello de su hijo que seguía disfrutando de su cuerpo. Bruno consiguió quitarle los vaqueros con un poco de su ayuda y, a continuación, agarró la goma de sus braguitas con idéntica intención. Pero la madre le detuvo.

—No, no, espera hijo, espera.

—Mamá por favor, nos matará.

—Espera cariño, espera —dijo mientras ahora era ella quién le ayudaba a quitarse los calzoncillos— Ha dicho solo que tienes que tener un orgasmo. Vamos mi vida, concéntrate. No pienses en que soy tu madre, no pienses en nada.

Le agarró el miembro y comenzó a sacudírselo sin piedad, tan nerviosa que incluso le hacía daño.

—Vamos mi amor, vamos. Imagínate que soy alguna de tus amigas.

Siguió pajeándole y con la mano libre le atrajo las suyas a sus pechos, invitándole a que siguiera manoseándola.

—Imagínate que soy una actriz que te gusta, una modelo o lo que sea —le decía mientras le masturbaba con fuerza.

Pero Bruno no le siguió el juego. Intentó dejar la mente en blanco y le tocaba ahora con desgana. Se concentró hasta tal punto que consiguió que su falo disminuyera de tamaño en la mano de su madre, a pesar de sus esmeros.

—Vamos cariño vamos, soy una puta, ¡una guarra cualquiera!

Pero el hijo demostró tener una gran fortaleza mental. Lo que más le ponía en aquel momento era su madre y sin embargo pensó en hombres, en fruta, en gordas, en cualquier cosa que le rebajara la libido. Sabía que era una ocasión única en la vida y no estaba dispuesto a desperdiciarla.

—Lo siento mamá, lo siento —mintió mientras su pene estaba casi flácido.

Carolina hizo un parón para quitarse el sujetador, animó de nuevo al chico a que siguiera jugando con sus pechos e hizo un último y fallido intento de excitarle con la mano. Empezó a bajar el ritmo de la paja agotada, hecho que Bruno interpretó como una rendición. Volvió a agarrar las bragas de su madre y esta vez sí consiguió quitárselas mientras le decía:

—Lo siento mami, lo he intentado. ¡Lo he intentado todo!

Con solo el roce del glande con el vello púbico de ella su manubrio volvió a ponerse tieso como una bayoneta, colocó la puntita en la entrada de su vagina y de un fuerte empujón la penetró.

—¡Ohh!, ¡ohh!, ¡¡ohhh!! Lo diento mamá, ¡lo siento!

Ella sintió un intenso dolor al principio pero enseguida se relajó, desapareciendo este casi por completo. En una nueva embestida su hijo se la introdujo hasta el fondo para, en seguida, empezar a mover las caderas.

—Mmm, mmm, mmm, ¡ohh!, ¡¡ohhh!!

Ahora le agarraba el culo de acero con las dos manos para sacudirle con más y más fuerza, más y más rápido. Las arremetidas eran brutales y placenteras y podía notar sus testículos rebotando contra su piel.

—¡¡Mmm!!, ¡mmm!, ¡¡mmm!!, ¡¡ohh!!, ¡¡¡ohhhhhh!!!

Bruno se la folló con ganas hasta que se dio cuenta de que estaba a punto de eyacular. Decidió ir bajando el ritmo y sacándola del interior de su progenitora le dijo:

—Mamá, ponte a cuatro patas. Hazlo por favor. Soy incapaz de conseguirlo viéndote la cara.

Aquellos días sin duda el muchacho se había matriculado con honores en el club de los mentirosos. Su madre obedeció sin rechistar, poniéndose en esa posición sobre el sofá. Cuando Bruno vio el impresionante culo de su madre en pompa justo delante de él notó como su miembro adquiría vida propia. Excitadísimo, la agarró por la cintura y volvió a penetrarla desde detrás. Por un momento incluso fantaseó con hacerlo analmente, pero decidió no tentar la suerte.

—¡Ohh!, ¡ohh!, ¡¡ohhh!! Lo diento mamá, ¡lo siento! ¡¡De verdad que lo siento!!

Las embestidas fueron tan fuertes que casi cayeron del sofá en varias ocasiones. Él se la metía hasta el fondo a cada arremetida, disfrutando de aquel divino conducto que atrapaba con fuerza y cierta estrechez toda su carne. Carolina se agarraba con fuerza al respaldo del sofá para mantener el equilibrio.

—¡¡Ohh!!, ¡¡ohh!!, mmm, ¡¡mmm!! ¡¡ohh!!, ¡¡¡oh!!!, ¡¡¡oh!!!…….¡¡¡¡ohhhh síiiiiii!!!!

Finalmente eyaculó en su interior, llenándola de su semen y alcanzando el orgasmo más salvaje de su vida. Ambos se dejaron caer, agotados. Ninguno de los dos había abierto aún la boca cuando pudieron ver las persianas de toda la casa abriéndose. El secuestro había terminado con distintas sensaciones para los dos.

—¿Mamá?

—Dime…

—Lo siento mucho.


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