El peregrino se fue a un pueblo donde pudiera vivir en una pequeña casita del cementerio, para poder disfrutar de las maduras del lugar


En esas andanzas peregrinas me encontré entre una serie de poblamientos diseminados entre los cuales dar cobijo a un peregrino de hábito y negro no debía de ser de buen augurio, por más que mi color y presencia trajera a las bocas de aquellos pobladores cientos de chismes sobre mi persona y presencia en aquellas bocas.

A falta de albergue u otro tipo de alojamiento bajo el que me pudiera cobijar, me encontré a un buen paisano, el Rubiales el cual me dijo que había una posibilidad de habitación en la casita que había en el cementerio parroquial y que en su dia habían habitado los Hermanos Fosores.

–          A buen seguro que allí estará bien y tendrá una discreta estancia y tranquilidad.

Me encaminé al cementerio con la llave que me facilitó el Rubiales, y me adentré en aquel abandonado camposanto, y la descuidada, pero acogedora casita del fondo del cementerio, al cual me dediqué en cuerpo y alma, en pos de que aquellas gentes se ocuparan de mis distintas necesidades.

Aquellas menesterosas gentes, viendo lo reluciente de la posada de sus ancestros, libre de malas hierbas, pronto se dejo ver entre las distintas tumbas al personal, sobre todo femenino dejando flores y alguna oración, mientras de reojo observaba mis evoluciones azada en mano o descansando en aquella vieja mecedora de los fosores.

No pasó mucho tiempo cuando a mi puerta se fueron arremolinado cestas con distintas viandas, incluso alguna que otra invitación a visitar a algún enfermo/a de la villa.

Uno de los asiduos a mariposear por el cementerio era el Rubiales, que se me pegaba como lapa en cuanto podía, hasta que un día estando yo descansando dentro de la casa en la ya nombrada mecedora, se acercó a mi y poniéndose de rodillas me imploró perdón,

–          Perdóneme Padre que soy un empedernido pecador

–          No te preocupes hijo, todos somos pecadores irredentos, y ese pecado llevamos la penitencia. Y te impongo un par de recitaciones del Credo y con eso basta.

Alli se puso sobre mi regazo a recitar el Credo, hasta que sentí sus manos buscar el badajo que colgaba sin más impedimentas entre mis piernas, aquellas sabias y pecadoras manos, sabían de lo que trataban, pues pronto se puso tiesa, lo cual aprovechó el bueno del Rubiales, para meterse debajo del hábito para darse un glotón festín a base de un pollón negro, como el mío

Estaba yo en el séptimo cielo, siendo ordeñado y oyendo aquellas profundas y fuertes chupadas, con aquel chup- chup que esta haciendo hervir mis más profundas que ya subían por el cañamón arriba.

En eso estábamos ya apretando la cabeza del Rubiales sobre mi habito, para que este engullese tan oblongo pirulón, cuando acertó a pasar por delante de la ventana Doña Gertrudis, que debió de olerse que allí debía estar pasando algo pues mi cara de pánfilo subiendo a los altares. No era porque me diera el sol por la ventana.

La saludé desde la ventana levantando la mano, a la vez que sentí como el Rubiales se deleitaba con la mamada de la cual la lefa ya salía a churretones, y en la cual se refocilaba el Rubiales con algún que otra escandalera.

-Cojones cuanto mana este cañoto¡

No tardó mucho el buen Rubiales de ponerse a cuatro patas y meter su culito verrugoso bajo mi habito buscando que la poronga le taladrase el ojete, lo que hice untándole las lefas en la regaña e insertándole de un pollazo toda la herramienta, lo cual el ojete tragón se comió bastante tranca,  lo cual  decía bastante sobre los pecados del Rubiales.

–          Negrazo de puta, métemela toda cabrón¡¡

Y así fue como estuve taladrando a base de pollonazos aquel madurito rubiales, que abría con ambas manos su nalgatorio para que mi enorme polla le entrase hasta lo higadillos, como asó lo hice cumpliendo su demanda, me puse en su grupa y bombeé hasta que cayó desmayado de placer con el culo roto. En esas estábamos cuando de nuevo por delante de la ventana Doña Gertrudis y detrás sus criadas, la vieja Perucha y la jovencita Perruchina que se reían de modo discreto.

El maduro Rubiales tanto le gustó mi poronga que venía cada cierto tiempo a por su placentera penitencia, lo que me más le gustaba era meterse bajo mis hábitos peregrinos y darse a la algarabía de la mamada y la enculada larga y profunda.

Días más tardes aparecieron a eso del anochecer y con bastantes cautelas las criadas de Doña Gertrudis, que me traían viandas y tintorro, y una invitación para que el sexto feriado estuviera atento, y  limpiara de forma el panteón familiar de Los Curros Vaqueriza adecuada, pues los señores, O sea Gertrudis  y su exangüe marido que yacía desde hace años en entre una silla y la  cama, visitarían tal cenotafio y querían contar con mi presencia y “servicios”.

Las dos criadas, no tardaron en hacerse de rogar para que las invitase a dar cuenta de las viandas y el buen vino de la señora Gertrudis, lo cual nos pusimos a ello en un santiamén, quedando ambas mujeres a ambos lados de la mesa y de mi persona, quedando claro que aquello era un presente y adelanto que ofrecía la buena de Doña Gertrudis, pues a lo entrevisto, el bueno del Rubiales ya había cantado mis buenas cartas de presentación amen de alguna de aquellas aldeana que sufrieron mi arrumacos más “amorosos”.

El vino pronto regó nuestros gaznates y levantó nuestros espíritus, por lo cual dejamos las buenas maneras, metiendo por mi parte la manaza entre las piernas de la Perucha, cuya mata de pelo era de buen tamaño estando por otra bien regado de flujos, entrando mis gordos dedos pronto a ocupar aquel desolado solar vaginal, mientras la gran golfa se dejaba hacer y daba cuenta entre aquel collar negro y blanco de dientes del pollo de su ama.

La Perruchina, no perdió comba y antes de que yo pudiese catar el tamaño de sus tetas que se mostraban cierta generosidad pese a sus pocos años se había metido bajo la mesa, para darle a Armagedón un buen repaso lo cual fue en aumento hasta levantar el as de bastos a base de buenas chupadas, buena boca tenía la Perruchina que casi que se la tragaba toda, no dejando los cojones huérfanos de lamidas y melindres varios.

La Perucha se sacó el tetamen, para un buen besuqueo y manoseo, que la puso más que ardorosa y ya pedía polla a todo troche, yo prefería a la Perruchina, pero según su tía era virgen, y así debía llegar al catre del Braulio, lo cual no quitaba que le diese algún que otro placer.

Salió de la bancada la Perucha, la cual puse sobre la gran mesa mortuoria, y rebalgué las  faldas de la Perucha hasta dejar su peludo coño al aire y al alcance de Armagedón que pronto se puso a dar paseos por encima de la chocha de la vieja, que se abría como un floripondio en primavera, mientras la Perruchina iba sorbiendo por aquí y por allí cuanto al alcance de su larga y poderosa lengua se ponía, que bien chupaba y lamía la cabrona.

Si la Perucha ya estaba salida de madre, su sobrina le metió un chupeteo que le puso un pinganillo como un pepino, y la raja como si fuera el manantial de las delicias, colóqueme yo en posición del adecuado bombeo a base fuertes pollonazos, cogiendo por las blancas pantorrillas al viejo zorrón de la Perucha que ya daba profundos ayes, a la vez que pedía más polla y ritmo. La Perruchina, tiraba desde atrás de mis huevos, y me chupaba la raja del culo, en cuyo ojete sentía su pérfida lengua buscar hueco, o me metía en la boca sus enjuagadas manitas que había ido buscando lefas y lechadas hasta en su propio chochito. Esa, si que se era una buena aprendiza de la Perucha.

Esta ya estaba entregada y se dejaba hacer, intenta yo probar su culera, pero no se dejó, por lo cual dejó sitio a su aplicada sobrina, cuyo menudo  culo panadero, ya presentaba formas, y su ojete no parecía entrar en el lote de la virginidades, mientras se recostaba sobre la mesa la Perruchina e intercambiaba con su tía juegos salivares, levanté las faldonas emergiendo aquel culazo pro cuya regaña pronto se acanaló Armagedón que se deslizaba como un balano en vaselina, estaban ambas parientes en plena chupadera, cuando taladré hasta el fondo a modo de ariete de combate el ojete de Perruchina, que para mi sorpresa no opuso resistencia y fue como meter un cuchillo en mantequilla.

Se encabalgó la moza en el pollón y en ese columpio la tuve pillada por sus tetas hasta que me vino el corridón ya como todo el mostrenco metido hasta los mismos cojones. No se puede decir que no disfrutamos de unos bueno polvos y corridas.

Me recordaron el encargo y mandado de la seora, y se fueron reestrenado con las ropas los lefazos de tanta descarga y allí me quedé hasta que apareció tarde al festín el bueno de Rubiales que tuvo que contentarse con repasar los restos del naufragio follonero.

Paseando al dia siguiente por los rincones más recoletos del cementerio, me encontré con una rubicunda aldeana, recientemente viuda, que estaba meando frente a la tumba de su marido, al cual brindaba un sonoro chorro de un preciado líquido amarillo que pretendía que catara el finado, puede contemplar su exuberante culo blanco, un regaña negra perlada de pelos negros que terminaban emboscados en tono a su chocho que se me antojaba muy apetecible.

Tan perro me puso la escena que no pudo resistirme y echarme sobre la buena moza rebuscando aquella buena pelambrera. Asustóse la buena moza del abordaje a la tremenda y por la sentina, pero tras un rifirrafe y viendo que la cosa era sería y que podía satisfacer algunas necesidades, y una vez medio encalomado el bueno de Armagedón se fue entregando hasta desfallecer de gusto por el improvisado polvo, aunque ya le habían hablado de mis largas manos y buena herramienta.

-Dame cabrón… que la necesidad es mucha y este me dejó con mucha hambre de polla.

Tan apetecible la buena señora, y con tanta insistencia me lo pidió que allí mismo la volví a montar a la caballar, aquí te cojo aquí te monto, teniendo como preliminar la dulce resistencia de los primeros frotamientos para luego pasar a un buen movimiento para que Armagedón se alojara hasta los mismos pelos del pubis.

De estos encuentros hubo varios por entre tumbas y cenotafios…

Llegado el sexto feriado a eso del anochecer, llegaron de forma discreta   a impresionante panteón familiar los marqueses de Sotagrande y Canal Estrecho,  y tras de ellos las dos criadas ya conocidas, que cerraron por dentro los portones del gran edificio, quedando todo a resguardo de miradas indiscretas.

Perucha y Perruchina, iban lindamente vestidas, y la buena de Doña Gertrudis llevaba todo un tocado cuya cola faldera, dejaba ver unas esplendidas nalgas sin bragas por cuyos entresijos se perdían las huesudas manos del marqués, para deleite de Doña Gertrudis.

Esta me presentó a su marido que me no perdió rincón de mi anatomía  que pudiese ser registrada, hasta con su bastón atisbó bajo mi hábito para ver que se escondía bajo tal faldón, de lo cual  con lo que poco que vío quedo contento del esfuerzo de verse en aquel lugar, al que hacía tiempo que no venía, a la que vez que preguntaba por el Rubiales, que resulto ser su mano derecha y hasta la izquierda.

No tardaron en sonar unos golpecitos en los portones que dejaron franca la entrada al mamandurrio del Rubiales.

Ponto este se puso de rodillas y desabrocho la bragueta de su señor, para sacar lo que en su día fue una hermosa polla, larga y fina, de blanquecina estirpe, la cual se puso a chupar mientras cogía a Armagedón con sus manitas para enfocarlo a la boca del exangüe señor Marqués, que me ofrecía ahora compartir el manoseo compartido de las nalgas de su rubicunda señora a la que empecé a morrear a la vez que esta me empujaba a chuparle las tetas que ya afloraba de su encorsetado vestido.

Era un cuadro muy erótico en el cual no tardo en aparecer Perucha que guiaba la otra mano de su señor bajo el faldamento de Perruchina, que abría sus piernas para que el señor Marques glotoneara por ente los pliegues de sus faldamentos.

Ya estábamos todos medio acoplados, y las melés fueron evolucionando, cuando el Rubiales había subido el príapo de su señor, en lo que se podía, y habiendo puesto Perucha el ojete de la Perruchina a tono, pronto esta ocupó sitio en le cuello del Marqués, donde el mamporrero del Rubiales  fue ayudando con engrase salivar para que el fino cañoto se  insertara en el culete de Perruchina que se había desnudado dejando que ahora que las largas manos del marqués  se agarraran con fuerza a las téticas de la moza que chupaba las tetas de su tía mientras el ojete de esta era campo de operaciones del Rubiales.

Quedando libre de los libertinos juegos del marqués, me llevé a uno de aquellos blanquecinos mausoleos y sobre ellos incliné a Doña Gertrudis cuya pompa campeaba por entre los ricos pliegues de su vestido, y entre aquellos perlados muslos ensortijados de medias y presillas di cuenta alternativamente de su ojete y su amplio chocho, que dejaron que Armagedón cumpliera con su función de ariete.

Fue una noche larga y bondadosa, en la cual el Marqués con gran sonrisa dejó este mundo tras haber probado el virginal cocho de Parruchina, Parucha  se iba entendiendo cada vez mejor con Rubiales, y yo con la Marquesa me quedé exprimido, aunque no por ello dejé de atenderla durante las exequias del Marqués, junto a la viudita meona.

Gervasio de Silos


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